miércoles, 5 de octubre de 2011

Tolemaida


“Por favor no vayas a escribir sobre eso”, fue la recomendación de mi papa al oír esta decadente historia.

Hace unos dos meses, he decidido en pro de mi salud y aporte a mi gordura, tragarme una arepa con queso cada mañana, lo cuál, aunque no tenga relevancia en la historia, ha puesto 3 kilos más a mis icónicos 56 kilos de peso.

Un lunes, cuando me disponía a resbalar la arepa por mi garganta, sentí algo horroroso.

Un extraterrestre, un hijo deforme, un piano, un mesón de cocina, un teléfono inalámbrico antiguo, una calculadora financiera, los 3 kilos de arepa o algo inmensamente grande y poderoso pedía ser inmediatamente extraditado de mi cuerpo.

Un frio insoportable consumió mis cachetes, pasé de ser pálido, a ser literalmente blanco.

La evacuación debía ser inmediata, nunca había sentido a alguien con tanto afan por abandonarme.

A los compañeros de arepa les dije sorpresivamente “Puta! Se me olvidó pagar Comcel!” y continué “Voy al banco, ahora nos vemos”.

Asi, boté la arepa explosivamente sobre el plato, me paré con cuidado y empecé a caminar hacia ese destino donde abandonaría a esta preciosa criatura que habitaba en mi.

Dado que el aborto era inmediato, pensé “Y si lo abandono en mi carro?”, pero eso era demasiado fuerte, que pensaría de mi el portero?

Definitvamente necesitaba llegar hasta el baño, la famosa “cagada corporativa” ahora parecía hacerse realidad.

“Présteme su carnet, présteme su carnet por favor!”, le dije a uno de esos amigos que entiende lo que es tener un invasor en el cuerpo.

Así, respiré profundo y caminé hacia el baño al que en teoría “no va nadie”, ya que el acceso solo se puede lograr con el carnet de la compañía.

Sentado, pálido, preocupado y muy en el fondo felíz. Ese era mi estado mientras mis nalgas reposaban en el famoso “water”, como le diria mi mamá.

Me perdonan por mencionar esto, pero de un momento a otro, mi culo explotó, como si 20 cilindros de gas totiaran dentro de mí. “Impresionante” pensé.

Casi de forma simultánea, sentí que alguien entraba a este infierno, lo podía ver por el reflejo del piso.

“Uishhhhh” oi.

Que horror lo que sentí, como si fuera el único animal de este planeta que bota lo que no sirve. El complejo fue tan alto, que decidí subir las rodillas para esconder los zapatos, así me haría irreconocible.

El visitante prendió el extractor, se podrán imaginar el impacto nasal de mi aborto.

Calculo que unos 30 minutos duró esta pesadilla.

Pero aquí empieza lo que inspira el titulo de esta historia “Tolemaida”.

Al estirar mi mano dentro del dispensador, para buscar el papel, sentí algo extraño, sentí un rollo pelado, senti la soledad de un dispensador que probablemente hace años no es alimentado.

El culo cagado, en el baño de la compañía y con visitantes constantes. Esa era mi triste y poco memorable situación.

“Ahora qué hago? Ahora qué putas hago??” era la pregunta que se repetia desesperadamente en mi cabeza. La única posibilidad que vi viable, era, al mejor estilo de los soldados, escurrirme hasta el baño vecino; el espacio era estrecho, necesitaría mas de cuatro medallas de honor para pasar invicto.

Pensaba “y si entra alguien?”. La escena que me imaginé fue triste, me imaginé a mi mismo entrando a un baño y encontrándome con una persona arrastrándose por entre los inodoros, con los pantalones en las rodillas y el culo absolutamente cagado. Esta escena fue suficiente para deshacerme de la idea. 

Los minutos pasaban y mi cabeza seguía buscando una solución a este drama higiénico.

Pensé desde llamar a un amigo al celular en busca de ayuda, hasta usar una cajetilla de Marlboro a medio llenar. Todas ideas confusas, que fueron siendo eliminadas poco a poco.

Finalmente respiré hondo, mas hondo de lo que nunca había respirado.

Me paré

Me di la bendición

Apreté el culo

Cerré los ojos

Me subí los calzoncillos

Me subí los pantalones

Abrí la puerta

Y caminé en lo que podría llamar una versión diminuta del famoso “Pica-pala”  hasta llegar al siguiente “Cubículo” del terror.

Calculo 15 segundos duré pasando de un lado al otro, los 15 segundos en los que mas he levantado mis oraciones al Altísimo.

A Dios gracias nadie entró al baño mientras atravesaba.

En el cubículo vecino logré limpiar la mancha que este horripilante suceso habia creado.

Despues de 30 minutos salí del baño directamente a mi casa. Claro, debia asegurarme que todos los elementos habian evacuado hacia el lugar correcto. Y así fue, de nuevo gracias a Dios.

Para finalizar, me gustaría cerrar con un consejo que estoy seguro es apropiado para cualquier empleado de este país: Vivir cerca de la oficina evita cagadas en ella.

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