“Por favor no vayas a escribir sobre eso”, fue la recomendación de mi
papa al oír esta decadente historia.
Hace unos dos meses, he decidido en pro de mi salud y aporte a mi
gordura, tragarme una arepa con queso cada mañana, lo cuál, aunque no tenga
relevancia en la historia, ha puesto 3 kilos más a mis icónicos 56 kilos de
peso.
Un lunes, cuando me disponía a resbalar la arepa por mi garganta, sentí
algo horroroso.
Un extraterrestre, un hijo deforme, un piano, un mesón de cocina, un teléfono
inalámbrico antiguo, una calculadora financiera, los 3 kilos de arepa o algo
inmensamente grande y poderoso pedía ser inmediatamente extraditado de mi
cuerpo.
Un frio insoportable consumió mis cachetes, pasé de ser pálido, a ser
literalmente blanco.
La evacuación debía ser inmediata, nunca había sentido a alguien con
tanto afan por abandonarme.
A los compañeros de arepa les dije sorpresivamente “Puta! Se me olvidó
pagar Comcel!” y continué “Voy al banco, ahora nos vemos”.
Asi, boté la arepa explosivamente sobre el plato, me paré con cuidado y
empecé a caminar hacia ese destino donde abandonaría a esta preciosa criatura
que habitaba en mi.
Dado que el aborto era inmediato, pensé “Y si lo abandono en mi
carro?”, pero eso era demasiado fuerte, que pensaría de mi el portero?
Definitvamente necesitaba llegar hasta el baño, la famosa “cagada
corporativa” ahora parecía hacerse realidad.
“Présteme su carnet, présteme su carnet por favor!”, le dije a uno de
esos amigos que entiende lo que es tener un invasor en el cuerpo.
Así, respiré profundo y caminé hacia el baño al que en teoría “no va
nadie”, ya que el acceso solo se puede lograr con el carnet de la compañía.
Sentado, pálido, preocupado y muy en el fondo felíz. Ese era mi estado
mientras mis nalgas reposaban en el famoso “water”, como le diria mi mamá.
Me perdonan por mencionar esto, pero de un momento a otro, mi culo explotó,
como si 20 cilindros de gas totiaran dentro de mí. “Impresionante” pensé.
Casi de forma simultánea, sentí que alguien entraba a este infierno, lo
podía ver por el reflejo del piso.
“Uishhhhh” oi.
Que horror lo que sentí, como si fuera el único animal de este planeta
que bota lo que no sirve. El complejo fue tan alto, que decidí subir las
rodillas para esconder los zapatos, así me haría irreconocible.
El visitante prendió el extractor, se podrán imaginar el impacto nasal
de mi aborto.
Calculo que unos 30 minutos duró esta pesadilla.
Pero aquí empieza lo que inspira el titulo de esta historia
“Tolemaida”.
Al estirar mi mano dentro del dispensador, para buscar el papel, sentí
algo extraño, sentí un rollo pelado, senti la soledad de un dispensador que
probablemente hace años no es alimentado.
El culo cagado, en el baño de la compañía y con visitantes constantes.
Esa era mi triste y poco memorable situación.
“Ahora qué hago? Ahora qué putas hago??” era la pregunta que se repetia
desesperadamente en mi cabeza. La única posibilidad que vi viable, era, al
mejor estilo de los soldados, escurrirme hasta el baño vecino; el espacio era
estrecho, necesitaría mas de cuatro medallas de honor para pasar invicto.
Pensaba “y si entra alguien?”. La escena que me imaginé fue triste, me
imaginé a mi mismo entrando a un baño y encontrándome con una persona arrastrándose
por entre los inodoros, con los pantalones en las rodillas y el culo absolutamente
cagado. Esta escena fue suficiente para deshacerme de la idea.
Los minutos pasaban y mi cabeza seguía buscando una solución a este
drama higiénico.
Pensé desde llamar a un amigo al celular en busca de ayuda, hasta usar
una cajetilla de Marlboro a medio llenar. Todas ideas confusas, que fueron
siendo eliminadas poco a poco.
Finalmente respiré hondo, mas hondo de lo que nunca había respirado.
Me paré
Me di la bendición
Apreté el culo
Cerré los ojos
Me subí los calzoncillos
Me subí los pantalones
Abrí la puerta
Y caminé en lo que podría llamar una versión diminuta del famoso
“Pica-pala” hasta llegar al siguiente
“Cubículo” del terror.
Calculo 15 segundos duré pasando de un lado al otro, los 15 segundos en
los que mas he levantado mis oraciones al Altísimo.
A Dios gracias nadie entró al baño mientras atravesaba.
En el cubículo vecino logré limpiar la mancha que este horripilante
suceso habia creado.
Para finalizar, me gustaría cerrar con un consejo que estoy seguro es
apropiado para cualquier empleado de este país: Vivir cerca de la oficina evita
cagadas en ella.
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