domingo, 7 de marzo de 2010
Preguntas de bolsillo
Ayer, mientras me fumaba un cigarrillo, se cruzó por mi camino algo espantoso.
Unos jeans, que por algún motivo, nacieron deformes. Estos desafortunados habían perdido los bolsillos del culo; destapando así no solo un par de nalgas ferozmente infladas, sino también millones de preguntas que creo indispensable compartir con ustedes.
Cómo alguien puede ser tan descaradamente lobo como para decir “Esos, los que no tienen bolsillos, me los empaca”? Pueden estos jeans deformes incrementar diametralmente el frío en el trasero? Valdrán un poco menos por no estar completos? Venderán en algún almacén los bolsillos por separado? Donde putas se guarda la billetera? O los bolsillos estarán por dentro? Les dolerá más cuando alguien las pellizca en Transmilenio? Los jeans son de latex? Por qué el trasero se ve como una fruta? Sabrá esto el inventor de los jeans? Se podrán quitar cuando uno se acuesta a dormir? Trancarán la circulación? Despistarán a los ladrones? A qué se debe que la cremallera no cierre del todo? Nunca pensarán “Si tuviera un bolsillo para guardar esto..”? Si alguien les regalara los bolsillos, los pondrían? Sienten envidia de ver los jeans con bolsillos? De dónde viene esta tendencia? De los muiscas? Si los pica un zancudo en el culo, se alcanza a notar? Serán de la misma familia de la manga sisa? Es obligatorio combinarlos con la ombliguera? Se conseguirán color piel? Estarán pensando constantemente “No tengo bolsillos, me tiembla el culo”? Se aplancharán? Se podrán poner con calzones? Se moverán si se sale un pedo? Les dolerá mucho si se sientan encima de un cigarrillo prendido? Existirá alguna ley que los prohíba? Se podría tramitar? El gobierno sabe de esto? Habrá para hombres? Tienen un nombre especifico? Los sinbol? Irán con la moda del minimalismo? Dejan ver un frenón? Los venderán en Carulla? Se aplancharán más rápido? Se fabricarán en serie? Serán gratis? Les dará mapa en el culo? Que marca serán? Serán una estafa? Suenan mas cuando uno se rasca? Se resbalarán en los asientos? Serán peligrosos para manejar? Con una chaqueta larga, se pierde la magia? Serán permanentes? Algún día serán famosos? Existirá alguien que no los haya criticado? Se podrán mirar fijamente por más de un minuto? Dañarán los ojos? Angelina Jolie los usa?
Algún día me tocara embutirme unos a mi?
En nombre de los bolsillos, el respeto y la industria textil en nuestro país, los invito a replicar masivamente estas preguntas, de las cuales espero nunca saber las respuestas.
Alguien me entenderá? Rezaré porque así sea.
jueves, 25 de febrero de 2010
El Humo del Caminante
“Me repite la dirección donde explotarán los carros?, dijo Juan Manuel exaltado y totalmente sorprendido, dándole final a una larga e interesante conversación telefónica.
Déjenme explicarles de dónde viene esta frase que nos ha llenado de felicidad desde que fue gritada por este buen samaritano.
Un miércoles como cualquier otro, me encontraba sentado en mi oficina, como siempre, ferozmente aburrido, cansado e inmensamente desgastado. Ese miércoles, al ver a uno de los ejecutivos que simulaban trabajar conmigo, se me vino una idea a la cabeza, una idea de la cual me sentiré orgulloso por toda mi vida y estoy seguro que muchos morirán un poco menos infelices gracias a esto.
Mientras jugaba con un lápiz desgastado que dormía en mi escritorio, pude ver a lo lejos a este gafufo buena gente.
Para ponerlos en contexto, este gafufo es capaz de manejar lo imposible, un verdadero guerrero de la publicidad, un maestro de la confusión y filósofo creador de frases célebres famosas como “A esta vieja se le nota la sed de hambre”. Realmente un gafufo capaz de conquistar el mundo sin haberlo conocido. Un gafufo que sorprende los lunes con cresta, los martes con camisa leñadora, lo miércoles probablemente con bigote incompleto, los jueves levemente insolado y los viernes con chaleco al mejor estilo The Killers, una chaqueta que tiene una gran mancha rosada chorriada en la espalda y punteras que precisamente no son para patear a nadie.
Agachándome un poco para no ser evidente, levanté mi teléfono modelo 72 y marqué su extensión.
“Hola?” contestó gafas, mientras su dedo enroscaba aun mas su cresta crespa.
Respiré hondo, y hablé.
“Don Juan Manuel” le dije con una voz que mezclaba maravillosamente un tono campesino con un costeño nacido en España.
“Le habla Carlos Marin, lo llamo de Media Eye, una empresa que básicamente se dedica a sorprender a los consumidores, una empresa que hace de los medios de comunicación, algo nunca antes visto"
“OK.. Entiendo..” me contestó Gafas, quien desde lo lejos se veía parcialmente emocionado.
La verdad nunca pensé, que yo pudiera engañar a este gigante que día a día me oía mis suplicas, gritos y estupideces en la oficina. Pero si, lo hice.
“Pues Don Juan Manuel, le cuento que hemos logrado traer a Colombia la última tecnología en publicidad, algo que sus ojos no creerán, algo que se podría catalogar como inimaginable” continué diciendo, mientras lo miraba concentrado en la conversación.
“Interesante” Anoto Gafas.
“Se trata de unos carros que al ser detonados emiten en el humo de su explosión, la figura que usted escoja. Sé que suena raro, pero así es” le dije con voz segura.
“Con el humo? No entiendo muy bien” dijo con tono inseguro.
“Si, por medio de un mecanismo especial, podemos hacer que el humo de la explosión del carro pueda formar el logo de la marca que usted promociona, su logo saldría por el exosto del carro.” Le dije.
“No puedo creerlo!!!” Gritó Gafas como un salvaje recién parido.
“Pues créalo Don Juan Manuel, porque le cuento que este medio innovador ya fue implementado en Hungría, donde Johnnie Walker en un parque publico logró que al explotar los carros saliera por el exosto el caminante convertido en humo, emblema principal de su campaña publicitaria” le dije mientras apretaba mis dedos del pie, tratando de contener la risa de oír a este bárbaro.
“Muy basto me parece, seria increíble para la marca que yo promociono, para Marlboro!” Gritaba totalmente sorprendido.
“Imagínese Don Juan Manuel, podríamos hacer que el mismísimo vaquero de Marlboro salga de este pequeño orificio” continuó diciendo Carlos Marin, que había consumido mi cuerpo, alma y pensamiento.
“Seria lo máximo!!” Volvía a gritar como una res que nace varias veces consecutivas.
Y finalicé esta apoteósica llamada con una generosa invitación “Hoy en el parque de la 93, estaremos detonando 5 carros, será una demostración muy linda. Me gustaría que nos acompañara y vea con sus propios ojos como se forman las figuras en el aire. A las 5pm al frente de Subway estarán parqueados 5 carros que serán detonados”
“Allá estaré! 5pm no? Allá estaré! Repetía el animal.
“Allá lo espero Don Juan Manuel” finalicé la conversación.
Colgué el teléfono, y también lo vi colgar el de él. Desde lejos, era evidente que estaba perplejo, el cuento del humo se lo había tragado hasta el fondo. Yo por mi lado me preguntaba como alguien puede ser tan inocentemente imbécil como para creerse semejante novelón.
Inmediatamente, por supuesto, llame a mis vecinos de puesto y les boté esta joya “No se imaginan lo que Juan Manuel se esta imaginando…” les dije para empezar la narración.
Unos minutos mas tarde, lo llamé con un grito “Juan Manuel! Venga y le hago una pregunta!”. Despacio se acercó a mi puesto, donde lo esperábamos todos. Nadie lo miró cuando llegó, tratando de camuflar la risa que nos azotaba.
“Me acaban de llamar de Media Eye” le dije a Juan Manuel.
“A mi también!! Que tal esa vaina?!!!” gritó desaforadamente.
“La verdad yo no entendí muy bien, qué putas es lo que ofrecen? Le pregunté.
Y aquí empezó la respuesta más absurda y mas ridícula que ha pasado por mis planas orejas.
“No se imagina lo que es eso, se trata de unos carros que explotan y botan marcas por el exosto, las figuras que uno quiera!” decía sin poder detenerse de la emoción. Su cara se puso roja, sus manos se movían para explicar a este auditorio semejante tecnología. Y continuó diciendo “Parece que por medio de un combustible especial proporciona a la explosión un efecto único, y esto hace que se formen logos, figuras y hasta slogans de campañas! No se imagina, no podemos dejar pasar esta oportunidad, seriamos los primeros en Colombia, además ya lo hicieron en Hungría y funciona! Allá lo hizo Jhonnie Walker, y lograron hacer que al explotar el carro saliera caminando por el exosto el caminante!!!” finalizó la emocionada victima.
Todos estábamos a punto de explotar, como los carros, pero de la risa. Ver a este personaje contando esta historia, de forma tan convencida, fue una experiencia casi sagrada. Fue impresionante ver cómo nos explico detalle a detalle el funcionamiento de esta tecnología, pero realmente lo mas sorprendente fue ver cómo se invento los componentes que hacían que esto fuera una realidad. “Un combustible especial???”, “pioneros en Colombia???”, “Caminando por el exosto el caminante???”. Quién carajos le había dicho eso? Este personaje había construido en su cabeza esta realidad, este personaje había traído a la vida, las explosiones publicitarias.
A punto de estallar de la risa, soltó la gota que rebozó la copa “A las 5pm van a estar en la 93! Yo voy para allá, deberíamos ir todos juntos, van a detonar 5 carros!!!”
Puta. Nos jodimos de la risa. Aunque aguantamos hasta que pudimos, nos pudrimos de la risa.
Inmediatamente nos miro con cara de “Muchos…”, se dio media vuelta y desapareció de la empresa durante casi 5 horas.
Casi 40 minutos duró este maravilloso segmento de mi vida, que estoy seguro me ha enseñado que definitivamente hay cosas imposibles de hacer, pero nada imposible de vender.
Como por entre un exosto le digo “Gracias Juan”.
Déjenme explicarles de dónde viene esta frase que nos ha llenado de felicidad desde que fue gritada por este buen samaritano.
Un miércoles como cualquier otro, me encontraba sentado en mi oficina, como siempre, ferozmente aburrido, cansado e inmensamente desgastado. Ese miércoles, al ver a uno de los ejecutivos que simulaban trabajar conmigo, se me vino una idea a la cabeza, una idea de la cual me sentiré orgulloso por toda mi vida y estoy seguro que muchos morirán un poco menos infelices gracias a esto.
Mientras jugaba con un lápiz desgastado que dormía en mi escritorio, pude ver a lo lejos a este gafufo buena gente.
Para ponerlos en contexto, este gafufo es capaz de manejar lo imposible, un verdadero guerrero de la publicidad, un maestro de la confusión y filósofo creador de frases célebres famosas como “A esta vieja se le nota la sed de hambre”. Realmente un gafufo capaz de conquistar el mundo sin haberlo conocido. Un gafufo que sorprende los lunes con cresta, los martes con camisa leñadora, lo miércoles probablemente con bigote incompleto, los jueves levemente insolado y los viernes con chaleco al mejor estilo The Killers, una chaqueta que tiene una gran mancha rosada chorriada en la espalda y punteras que precisamente no son para patear a nadie.
Agachándome un poco para no ser evidente, levanté mi teléfono modelo 72 y marqué su extensión.
“Hola?” contestó gafas, mientras su dedo enroscaba aun mas su cresta crespa.
Respiré hondo, y hablé.
“Don Juan Manuel” le dije con una voz que mezclaba maravillosamente un tono campesino con un costeño nacido en España.
“Le habla Carlos Marin, lo llamo de Media Eye, una empresa que básicamente se dedica a sorprender a los consumidores, una empresa que hace de los medios de comunicación, algo nunca antes visto"
“OK.. Entiendo..” me contestó Gafas, quien desde lo lejos se veía parcialmente emocionado.
La verdad nunca pensé, que yo pudiera engañar a este gigante que día a día me oía mis suplicas, gritos y estupideces en la oficina. Pero si, lo hice.
“Pues Don Juan Manuel, le cuento que hemos logrado traer a Colombia la última tecnología en publicidad, algo que sus ojos no creerán, algo que se podría catalogar como inimaginable” continué diciendo, mientras lo miraba concentrado en la conversación.
“Interesante” Anoto Gafas.
“Se trata de unos carros que al ser detonados emiten en el humo de su explosión, la figura que usted escoja. Sé que suena raro, pero así es” le dije con voz segura.
“Con el humo? No entiendo muy bien” dijo con tono inseguro.
“Si, por medio de un mecanismo especial, podemos hacer que el humo de la explosión del carro pueda formar el logo de la marca que usted promociona, su logo saldría por el exosto del carro.” Le dije.
“No puedo creerlo!!!” Gritó Gafas como un salvaje recién parido.
“Pues créalo Don Juan Manuel, porque le cuento que este medio innovador ya fue implementado en Hungría, donde Johnnie Walker en un parque publico logró que al explotar los carros saliera por el exosto el caminante convertido en humo, emblema principal de su campaña publicitaria” le dije mientras apretaba mis dedos del pie, tratando de contener la risa de oír a este bárbaro.
“Muy basto me parece, seria increíble para la marca que yo promociono, para Marlboro!” Gritaba totalmente sorprendido.
“Imagínese Don Juan Manuel, podríamos hacer que el mismísimo vaquero de Marlboro salga de este pequeño orificio” continuó diciendo Carlos Marin, que había consumido mi cuerpo, alma y pensamiento.
“Seria lo máximo!!” Volvía a gritar como una res que nace varias veces consecutivas.
Y finalicé esta apoteósica llamada con una generosa invitación “Hoy en el parque de la 93, estaremos detonando 5 carros, será una demostración muy linda. Me gustaría que nos acompañara y vea con sus propios ojos como se forman las figuras en el aire. A las 5pm al frente de Subway estarán parqueados 5 carros que serán detonados”
“Allá estaré! 5pm no? Allá estaré! Repetía el animal.
“Allá lo espero Don Juan Manuel” finalicé la conversación.
Colgué el teléfono, y también lo vi colgar el de él. Desde lejos, era evidente que estaba perplejo, el cuento del humo se lo había tragado hasta el fondo. Yo por mi lado me preguntaba como alguien puede ser tan inocentemente imbécil como para creerse semejante novelón.
Inmediatamente, por supuesto, llame a mis vecinos de puesto y les boté esta joya “No se imaginan lo que Juan Manuel se esta imaginando…” les dije para empezar la narración.
Unos minutos mas tarde, lo llamé con un grito “Juan Manuel! Venga y le hago una pregunta!”. Despacio se acercó a mi puesto, donde lo esperábamos todos. Nadie lo miró cuando llegó, tratando de camuflar la risa que nos azotaba.
“Me acaban de llamar de Media Eye” le dije a Juan Manuel.
“A mi también!! Que tal esa vaina?!!!” gritó desaforadamente.
“La verdad yo no entendí muy bien, qué putas es lo que ofrecen? Le pregunté.
Y aquí empezó la respuesta más absurda y mas ridícula que ha pasado por mis planas orejas.
“No se imagina lo que es eso, se trata de unos carros que explotan y botan marcas por el exosto, las figuras que uno quiera!” decía sin poder detenerse de la emoción. Su cara se puso roja, sus manos se movían para explicar a este auditorio semejante tecnología. Y continuó diciendo “Parece que por medio de un combustible especial proporciona a la explosión un efecto único, y esto hace que se formen logos, figuras y hasta slogans de campañas! No se imagina, no podemos dejar pasar esta oportunidad, seriamos los primeros en Colombia, además ya lo hicieron en Hungría y funciona! Allá lo hizo Jhonnie Walker, y lograron hacer que al explotar el carro saliera caminando por el exosto el caminante!!!” finalizó la emocionada victima.
Todos estábamos a punto de explotar, como los carros, pero de la risa. Ver a este personaje contando esta historia, de forma tan convencida, fue una experiencia casi sagrada. Fue impresionante ver cómo nos explico detalle a detalle el funcionamiento de esta tecnología, pero realmente lo mas sorprendente fue ver cómo se invento los componentes que hacían que esto fuera una realidad. “Un combustible especial???”, “pioneros en Colombia???”, “Caminando por el exosto el caminante???”. Quién carajos le había dicho eso? Este personaje había construido en su cabeza esta realidad, este personaje había traído a la vida, las explosiones publicitarias.
A punto de estallar de la risa, soltó la gota que rebozó la copa “A las 5pm van a estar en la 93! Yo voy para allá, deberíamos ir todos juntos, van a detonar 5 carros!!!”
Puta. Nos jodimos de la risa. Aunque aguantamos hasta que pudimos, nos pudrimos de la risa.
Inmediatamente nos miro con cara de “Muchos…”, se dio media vuelta y desapareció de la empresa durante casi 5 horas.
Casi 40 minutos duró este maravilloso segmento de mi vida, que estoy seguro me ha enseñado que definitivamente hay cosas imposibles de hacer, pero nada imposible de vender.
Como por entre un exosto le digo “Gracias Juan”.
jueves, 18 de febrero de 2010
Desde chef hasta cupido
Una trusa blanca, un par de alas y una city capsula se paseaban juntas por la calle 72 en el norte de Bogotá.
Para mi eterna desgracia, estos tres elementos estaban a mi alrededor. La trusa me resaltaba ese paquete que día a día trabajamos por esconder; las alas, aunque no me hacían volar, si parecían darme cierto aire angelical; y la citycapsula me sumaba mi peso alrededor de media tonelada haciendola insoportable para mi espalda.
Se estarán preguntando “Qué hacía este tipo disfrazado de Cupido en plena 72?”. Para tranquilidad de ustedes, yo me preguntaba lo mismo, “Cómo carajos había resultado yo con esta trusa blanca en uno de los puntos mas concurridos de Bogota?”.
City TV, me había contratado para hacer una serie de comerciales de bajo presupuesto, habré grabado unos 20, tal vez los 20 peores errores que cualquiera podría cometer. 20 errores que me condenaran a por lo menos 20 años de burlas, 20 años de insultos, 20 años de arrepentimiento, 20 años que nunca pensé se deslumbrarían en tan solo 20 comerciales.
Volvamos entonces a Cupido.
Esta brillante idea se le ocurrió a mi jefe, un dinosaurio gigante, que exprimió mi talento como presentador, haciéndolo visible a todo el país. Gracias a esto, nadie me conoce, no soy famoso y estoy lejos de ser rico. Dicen que estas grandes estrellas, manejan mal su riqueza y su fama, lo raro es que yo nunca conocí ninguna de ellas.
El día del amor y la amistad había llegado, ese maldito día en el que los enamorados simular estar más enamorados de lo que realmente están, ese día en el que la venta de flores sobrepasa la venta de los cigarrillos sueltos, ese maldito día en que los infelices fingen ser felices y los preservativos se inflan en su honor.
“Hoy, lo disfrazaremos de Cupido” dijo este esperpento que se hacia pasar por mi jefe. “Usted cargará una Citycapsula por la calle 72, entrará al centro Granahorrar con esta invitará a todos los colombianos a grabar sus mensajes de amor”.
En un baño publico en plena calle 72, consumido por variados tipos de excremento y olores mortales, me embutí la trusa, me colgué las alas y preparé mis brazos para esta hazaña.
Mi aspecto era horrendo, desde que pisé la calle, millones de miradas se congelaron en mi cuerpo envuelto.
El enorme aparato que debía cargar, era un aparato que debe ser transportado por un camión, no por un desnutrido ansioso de fama.
Con la espalda a punto de ser pulverizada, y después de varios intentos, logré llevar la cápsula hasta su destino; mientras los camarógrafos (Que estaban cagados de la risa), me perseguían tratando de no registrar mi cara de esfuerzo brutal.
Entré a Granahorrar como un Cristo que carga una Citycapsula.
Debía descargar la capsula hacia la cámara, acostarme lentamente en una posición al estilo dominguero del Simón Bolivar y dar un mensaje totalmente ridículo a la población Colombiana “Hoy, en el día de el Amor y la Amistad, la citycpsula llegó a Granahorrar, ven y deja tu mensaje de Amor”, quedó registrado para la audiencia.
Pronto recibiré una copia de este comercial, que estoy seguro hará que pierda todos mis seguidores en este blog. Solo los leales de corazón, permanecerán con Cupido.
Así entonces durante casi doce meses, pase de ser desde Chef, modelo de Vestidos Jordan, vendedor de universidades piratas, electricista del centro de Bogota, instructor de una escuela de lectura rápida, hasta convertirme en el cupido del abandonado centro Granahorrar.
Para mi eterna desgracia, estos tres elementos estaban a mi alrededor. La trusa me resaltaba ese paquete que día a día trabajamos por esconder; las alas, aunque no me hacían volar, si parecían darme cierto aire angelical; y la citycapsula me sumaba mi peso alrededor de media tonelada haciendola insoportable para mi espalda.
Se estarán preguntando “Qué hacía este tipo disfrazado de Cupido en plena 72?”. Para tranquilidad de ustedes, yo me preguntaba lo mismo, “Cómo carajos había resultado yo con esta trusa blanca en uno de los puntos mas concurridos de Bogota?”.
City TV, me había contratado para hacer una serie de comerciales de bajo presupuesto, habré grabado unos 20, tal vez los 20 peores errores que cualquiera podría cometer. 20 errores que me condenaran a por lo menos 20 años de burlas, 20 años de insultos, 20 años de arrepentimiento, 20 años que nunca pensé se deslumbrarían en tan solo 20 comerciales.
Volvamos entonces a Cupido.
Esta brillante idea se le ocurrió a mi jefe, un dinosaurio gigante, que exprimió mi talento como presentador, haciéndolo visible a todo el país. Gracias a esto, nadie me conoce, no soy famoso y estoy lejos de ser rico. Dicen que estas grandes estrellas, manejan mal su riqueza y su fama, lo raro es que yo nunca conocí ninguna de ellas.
El día del amor y la amistad había llegado, ese maldito día en el que los enamorados simular estar más enamorados de lo que realmente están, ese día en el que la venta de flores sobrepasa la venta de los cigarrillos sueltos, ese maldito día en que los infelices fingen ser felices y los preservativos se inflan en su honor.
“Hoy, lo disfrazaremos de Cupido” dijo este esperpento que se hacia pasar por mi jefe. “Usted cargará una Citycapsula por la calle 72, entrará al centro Granahorrar con esta invitará a todos los colombianos a grabar sus mensajes de amor”.
En un baño publico en plena calle 72, consumido por variados tipos de excremento y olores mortales, me embutí la trusa, me colgué las alas y preparé mis brazos para esta hazaña.
Mi aspecto era horrendo, desde que pisé la calle, millones de miradas se congelaron en mi cuerpo envuelto.
El enorme aparato que debía cargar, era un aparato que debe ser transportado por un camión, no por un desnutrido ansioso de fama.
Con la espalda a punto de ser pulverizada, y después de varios intentos, logré llevar la cápsula hasta su destino; mientras los camarógrafos (Que estaban cagados de la risa), me perseguían tratando de no registrar mi cara de esfuerzo brutal.
Entré a Granahorrar como un Cristo que carga una Citycapsula.
Debía descargar la capsula hacia la cámara, acostarme lentamente en una posición al estilo dominguero del Simón Bolivar y dar un mensaje totalmente ridículo a la población Colombiana “Hoy, en el día de el Amor y la Amistad, la citycpsula llegó a Granahorrar, ven y deja tu mensaje de Amor”, quedó registrado para la audiencia.
Pronto recibiré una copia de este comercial, que estoy seguro hará que pierda todos mis seguidores en este blog. Solo los leales de corazón, permanecerán con Cupido.
Así entonces durante casi doce meses, pase de ser desde Chef, modelo de Vestidos Jordan, vendedor de universidades piratas, electricista del centro de Bogota, instructor de una escuela de lectura rápida, hasta convertirme en el cupido del abandonado centro Granahorrar.
Morfina para un Pedo
En este país, la gente de plata parece tener mas privilegios. Triste realidad, pero una realidad. Los pobres, por otro lado, sin mayores pretensiones, llaman a los privilegios, lujos. Lujos que normalmente aparecen empacados debajo de un árbol de navidad.
Hoy, quisiera hablar de los privilegios, que como la misma palabra lo indica, son esos accesos exclusivos a todo tipo de culeras que a nadie le importan.
Un sábado, llegando la noche, se deslumbro ante mi, el mundo de los privilegios. Una mezcla estúpida y casi arrogante que habitaba en mi pequeño estomago, detono de un segundo a otro. Se estarán imaginando un pedo abominable, pero no. Mi estomago entro en shock, un dolor profundo que se iba hasta mi espalda, contribuyendo aun mas a lo que podríamos llamar, mi cuerpo ancestral.
4 alka seltzer, dos buscapinas y un te. Remedio que no falla, Falló.
El mítico dolor seguía agarrado a mi inocente estomago, que parecía no oponerse a su presencia.
Decidí entonces, camuflar el dolor en el sueño. Me acosté a dormir en mi colchón, el perfecto compañero de mi insoportable dolor de espalda.
Abrí mis ojos de nuevo, hacia las 4 de la mañana. El dolor se había esparcido a todo mi pecho, mi hígado y a una porción importante de mi trasero.
La AH1N1, parecía perder popularidad ante semejante dolor. 2 Alka-Seltzer más se sumergieron en mi panza irritada. El dolor persistió. Sentía que en pocos segundos perdería la conciencia, esa misma conciencia que me revela mi realidad día tras día.
Decidí entonces, levantar el teléfono y llamar a mi salvadora, esa que engendro este cuerpo de anciano camuflado en un joven pálido y raquítico, esa salvadora que Dios podría nombrar santa sin pensarlo dos veces. Esa salvadora a la que popularmente llaman, mi mama.
15 minutos mas tarde, en su BMW modelo 92, mi salvadora estaba llevándome a urgencias de la majestuosa clínica Santa Fé. Una de esas clínicas, que solo los privilegiados tenemos la tarjeta de entrada, una de esas clínicas a las que los no favorecidos, tendrían que ahorrar durante años para poder entrar.
Y aquí, es donde el mundo de los privilegios empieza a tomar fuerza. Por lo menos habitaban en unas sillas de plástico, unos 4 estómagos a punto de estallar, 5 o 10 piernas rotas, y unos 15 ancianos a punto de poner punto final a su moribunda vida.
2 horas pasaron, antes de ser llamado para ser atendido. Tal vez las 2 horas más largas de mi vida. El sol empezaba a salir, mientras mi dolor, parecía entrar.
“Andrés Carvajal” oí. Mi nombre retumbo en mi cabeza. Me levante y entré al que podría llamar el peor infierno que he vivido.
La enfermera, que debo aclarar, estaba muy bien presentada, me revelo mi primer privilegio. No había una cama disponible para mí. Pero gracias a haber pagado mi pre pagada durante años; tenia derecho a reposar mi insoportable dolor en una silla improvisada que habitaba en la mitad de Urgencias.
Creo haber contado unos 10 médicos disponibles para los enfermos. Aunque médicos, no es la palabra adecuado, llamémoslos practicantes de urgencias. Es una gran idea tener este tipo de principiantes para atender dolores complejos y de rápida reacción.
Uno de estos practicantes de acerco a mi, y me confirmo que efectivamente mi esófago estaba inflamado, según las muestras de sangre que había tomado. “A mi no me han sacado pruebas” le aclare. Se rió con cierta vergüenza, y me pregunto mi nombre de nuevo. “Andrés”, le dije. “Disculpe, pensé que era otro paciente” me contestó. La confusión de pacientes es otro privilegio del que afortunadamente podemos disfrutar.
Finalmente, fui trasladado a una camilla normal, junto a un señor de unos 60 años que era una verdadera ametralladora de gases. Con unos intervalos de 1 o 2 segundos, cada pedo que salía de mi vecino hacia que dormir se volviera una tarea imposible de lograr.
Mi dolor no desaparecía en los mas mínimo; por lo que los experimentados practicantes incrustaron en mi cuerpo, la droga mas preciada, el nirvana de los enfermos, la bendita e inigualable Morfina. Rápidamente se tomo mi cuerpo, haciendo el dolor parte armónica de mi sueño.
No sabría si minutos u horas mas tarde, desperté con una voz fuerte; mi practicante estaba mirándome fijamente. “Es necesario hacer varios exámenes, su dolor es muy extraño” me dijo. Me asuste, porque cuando dicen extraño en una clínica, normalmente significa que es el final de la historia. “Una ecografía para empezar”, sugirió el primíparo de la salud. Inmediatamente fui trasladado al examen, donde me engrasaron mi estomago, y exploraron este mundo desconocido. “Su estomago esta bien, es casi envidiable”, dijo la encargada de esparcir la grasa.
Poco a poco, el dolor volvía; se tornaba de nuevo insoportable. De vuelta en mi camilla, gritaba “Morfina por favor!”.
Así, pasaron las horas, pero el dolor persistía. Y así, llego la gran enemiga de todos los estresados, la de los amantes del picante, la temida; endoscopia.
“De medio lado Señor”, me pidieron los encargados de la exploración. Mis manos temblaban, no quería que esa manguera entrara en mí. La verdad, no se quien se habrá inventado los sedantes, pero a ese lo deberían exonerar. 10 minutos más tarde, desperté del sedante. Aunque un poco desubicado, lo peor ya había pasado.
“Los resultados de la endoscopia son perfectos”, decía sorprendido mi principiante. “Debemos hacer un TAC, es la ultima opción”, sugirió derrotado.
Este TAC, es tal vez lo peor que se ha pasado por mi vida, a nadie, pero a nadie le deseo este examen. El preámbulo, tomarse 5 vasos que parecen agua, pero realmente están contaminados con un liquido de contraste. “Tratemos de no vomitarnos” me dijo amablemente la enfermera. Que animo el que me dio. Cada sorbo era peor, el sabor no podía ser más desagradable. Finalmente lo logre.
“Ahora debe firmar este documento” me pidió la encargada. Un poco sorprendido, leí un extenso documento. Básicamente decía que el TAC podía tener 2 posibles reacciones, la primera ninguna, la segunda la muerte instantánea del paciente.
Y claro, firmé mi propia muerte.
“Vamos a poner por intravenosa el liquido de contraste” me advirtieron; mientras yo mirada perplejo el túnel arriba mío. El liquido negro, entro en mi sangre. Solo 2 o 3 segundos después, un calor infernal me consumió la mano, el brazo y lentamente la cabeza. Por la boca, me escurría el líquido del demonio. El vomito subió, como en las clásicas borracheras de los 13 años. “Paren!, gritaba desesperado”. La enfermera llego por mi, y me aviso que todo había terminado “Puede vomitar tranquilo”, dijo.
“Los resultados del TAC son perfectos”, dijo el “medico”.
Después de una ecografía, una endoscopia, un TAC, 24 horas en urgencia, 3 pruebas de sangre, y varias dosis de morfina, llego a mis oídos una frase que nunca olvidare, una frase que cambiara el rumbo de la salud en el mundo.
“Usted debe tener un gas” me dijo silenciosamente al oído.
Por que no mas bien, me lo dice con ganas? Pues si, lo que yo tenía parecía ser un gran pedo que habitaba hace unos años en mi. Un pedo estático, en shock. Llamémoslo, el papa de los pedos.
Tal vez el privilegio mas grande de todos, morfina para un pedo. A esto, ni los grandes magnates del mundo podrían tener acceso.
En fin. Arriba la morfina, afuera los pedos.
Hoy, quisiera hablar de los privilegios, que como la misma palabra lo indica, son esos accesos exclusivos a todo tipo de culeras que a nadie le importan.
Un sábado, llegando la noche, se deslumbro ante mi, el mundo de los privilegios. Una mezcla estúpida y casi arrogante que habitaba en mi pequeño estomago, detono de un segundo a otro. Se estarán imaginando un pedo abominable, pero no. Mi estomago entro en shock, un dolor profundo que se iba hasta mi espalda, contribuyendo aun mas a lo que podríamos llamar, mi cuerpo ancestral.
4 alka seltzer, dos buscapinas y un te. Remedio que no falla, Falló.
El mítico dolor seguía agarrado a mi inocente estomago, que parecía no oponerse a su presencia.
Decidí entonces, camuflar el dolor en el sueño. Me acosté a dormir en mi colchón, el perfecto compañero de mi insoportable dolor de espalda.
Abrí mis ojos de nuevo, hacia las 4 de la mañana. El dolor se había esparcido a todo mi pecho, mi hígado y a una porción importante de mi trasero.
La AH1N1, parecía perder popularidad ante semejante dolor. 2 Alka-Seltzer más se sumergieron en mi panza irritada. El dolor persistió. Sentía que en pocos segundos perdería la conciencia, esa misma conciencia que me revela mi realidad día tras día.
Decidí entonces, levantar el teléfono y llamar a mi salvadora, esa que engendro este cuerpo de anciano camuflado en un joven pálido y raquítico, esa salvadora que Dios podría nombrar santa sin pensarlo dos veces. Esa salvadora a la que popularmente llaman, mi mama.
15 minutos mas tarde, en su BMW modelo 92, mi salvadora estaba llevándome a urgencias de la majestuosa clínica Santa Fé. Una de esas clínicas, que solo los privilegiados tenemos la tarjeta de entrada, una de esas clínicas a las que los no favorecidos, tendrían que ahorrar durante años para poder entrar.
Y aquí, es donde el mundo de los privilegios empieza a tomar fuerza. Por lo menos habitaban en unas sillas de plástico, unos 4 estómagos a punto de estallar, 5 o 10 piernas rotas, y unos 15 ancianos a punto de poner punto final a su moribunda vida.
2 horas pasaron, antes de ser llamado para ser atendido. Tal vez las 2 horas más largas de mi vida. El sol empezaba a salir, mientras mi dolor, parecía entrar.
“Andrés Carvajal” oí. Mi nombre retumbo en mi cabeza. Me levante y entré al que podría llamar el peor infierno que he vivido.
La enfermera, que debo aclarar, estaba muy bien presentada, me revelo mi primer privilegio. No había una cama disponible para mí. Pero gracias a haber pagado mi pre pagada durante años; tenia derecho a reposar mi insoportable dolor en una silla improvisada que habitaba en la mitad de Urgencias.
Creo haber contado unos 10 médicos disponibles para los enfermos. Aunque médicos, no es la palabra adecuado, llamémoslos practicantes de urgencias. Es una gran idea tener este tipo de principiantes para atender dolores complejos y de rápida reacción.
Uno de estos practicantes de acerco a mi, y me confirmo que efectivamente mi esófago estaba inflamado, según las muestras de sangre que había tomado. “A mi no me han sacado pruebas” le aclare. Se rió con cierta vergüenza, y me pregunto mi nombre de nuevo. “Andrés”, le dije. “Disculpe, pensé que era otro paciente” me contestó. La confusión de pacientes es otro privilegio del que afortunadamente podemos disfrutar.
Finalmente, fui trasladado a una camilla normal, junto a un señor de unos 60 años que era una verdadera ametralladora de gases. Con unos intervalos de 1 o 2 segundos, cada pedo que salía de mi vecino hacia que dormir se volviera una tarea imposible de lograr.
Mi dolor no desaparecía en los mas mínimo; por lo que los experimentados practicantes incrustaron en mi cuerpo, la droga mas preciada, el nirvana de los enfermos, la bendita e inigualable Morfina. Rápidamente se tomo mi cuerpo, haciendo el dolor parte armónica de mi sueño.
No sabría si minutos u horas mas tarde, desperté con una voz fuerte; mi practicante estaba mirándome fijamente. “Es necesario hacer varios exámenes, su dolor es muy extraño” me dijo. Me asuste, porque cuando dicen extraño en una clínica, normalmente significa que es el final de la historia. “Una ecografía para empezar”, sugirió el primíparo de la salud. Inmediatamente fui trasladado al examen, donde me engrasaron mi estomago, y exploraron este mundo desconocido. “Su estomago esta bien, es casi envidiable”, dijo la encargada de esparcir la grasa.
Poco a poco, el dolor volvía; se tornaba de nuevo insoportable. De vuelta en mi camilla, gritaba “Morfina por favor!”.
Así, pasaron las horas, pero el dolor persistía. Y así, llego la gran enemiga de todos los estresados, la de los amantes del picante, la temida; endoscopia.
“De medio lado Señor”, me pidieron los encargados de la exploración. Mis manos temblaban, no quería que esa manguera entrara en mí. La verdad, no se quien se habrá inventado los sedantes, pero a ese lo deberían exonerar. 10 minutos más tarde, desperté del sedante. Aunque un poco desubicado, lo peor ya había pasado.
“Los resultados de la endoscopia son perfectos”, decía sorprendido mi principiante. “Debemos hacer un TAC, es la ultima opción”, sugirió derrotado.
Este TAC, es tal vez lo peor que se ha pasado por mi vida, a nadie, pero a nadie le deseo este examen. El preámbulo, tomarse 5 vasos que parecen agua, pero realmente están contaminados con un liquido de contraste. “Tratemos de no vomitarnos” me dijo amablemente la enfermera. Que animo el que me dio. Cada sorbo era peor, el sabor no podía ser más desagradable. Finalmente lo logre.
“Ahora debe firmar este documento” me pidió la encargada. Un poco sorprendido, leí un extenso documento. Básicamente decía que el TAC podía tener 2 posibles reacciones, la primera ninguna, la segunda la muerte instantánea del paciente.
Y claro, firmé mi propia muerte.
“Vamos a poner por intravenosa el liquido de contraste” me advirtieron; mientras yo mirada perplejo el túnel arriba mío. El liquido negro, entro en mi sangre. Solo 2 o 3 segundos después, un calor infernal me consumió la mano, el brazo y lentamente la cabeza. Por la boca, me escurría el líquido del demonio. El vomito subió, como en las clásicas borracheras de los 13 años. “Paren!, gritaba desesperado”. La enfermera llego por mi, y me aviso que todo había terminado “Puede vomitar tranquilo”, dijo.
“Los resultados del TAC son perfectos”, dijo el “medico”.
Después de una ecografía, una endoscopia, un TAC, 24 horas en urgencia, 3 pruebas de sangre, y varias dosis de morfina, llego a mis oídos una frase que nunca olvidare, una frase que cambiara el rumbo de la salud en el mundo.
“Usted debe tener un gas” me dijo silenciosamente al oído.
Por que no mas bien, me lo dice con ganas? Pues si, lo que yo tenía parecía ser un gran pedo que habitaba hace unos años en mi. Un pedo estático, en shock. Llamémoslo, el papa de los pedos.
Tal vez el privilegio mas grande de todos, morfina para un pedo. A esto, ni los grandes magnates del mundo podrían tener acceso.
En fin. Arriba la morfina, afuera los pedos.
miércoles, 17 de febrero de 2010
Gargajo farandulero
A los 22 años tuve el privilegio de cruzarme con un apellido muy particular, un apellido que funciona como ninguno otro.
Si lo pronuncian con fuerza, suena como un gargajo atorado en la garganta, si lo dicen rápido, les sonará como el comúnmente mal pronunciado examen del IFES, si lo dicen con rabia, sonará como el susurro de los lobos al ver pasar un par de piernas por sus ojos, si lo dicen varias veces seguidas producirán un silbido aniquilador del preciado silencio.
Durante seis desperdiciados meses de mi vida; éste apellido se convirtió en mi pan de todos los días. Cada día que pasaba sonaba peor, cada día que pasaba parecía que ese gran gargajo agarrado a mi cuerpo se acercaba aún más al puerto de salida.
Treinta minutos antes de dar a luz a este monstruo, me acercaba en un taxi a las instalaciones del Canal RCN, dueño y señor de las conversaciones de los colombianos, maestro por naturaleza de las novelas que se alargan hasta transformarse en una mamadera de gallo sin fin, experto sin competencia en el cubrimiento de los reinados no solo de reinas, sino también de corruptos e inútiles, un canal que a hecho crecer a grandes estrellas que brillan para que nadie las mire, ni las admire;el canal de Betty la fea, famosa en Colombia seguramente por la gran masa de mujeres que se sintieron identificadas, el canal de El Capo, una serie que aporta una gran ayuda a nuestro posicionamiento como narcotraficantes y mulas indeseadas en cualquier aeropuerto, el canal de Jota Mario, el calvo mas desagradable de cada día, el canal que al fin y al cabo nos hace cada día mas colombianos.
Pues a éste canal llegué apresurado ansioso por hacer la primera entrevista de trabajo de mi vida. Me acompañaba a la entrevista una palanca, que habría hecho que a cualquier inadaptado le hubieran dado la oportunidad.
Me recibió un bigotudo muy particular, su bigote se escurría como un tinto derramado, su bigote se movía cuando tenia la boca cerrada, “Solo es un bigote” repetía en mi cabeza para evitar mirarlo. Este bigote móvil, era el jefe de personal, era el encargado de exigir cumplimiento y honestidad a los ídolos de todo un país, que de lo que más parece carecer es precisamente de ellos, los ídolos.
La señora que me entrevistó, peso pesado no precisamente por su peso, sino por su influencia en los medios, decidió contratarme como practicante por un periodo de seis meses. Mi cargo, Asistente de Mercadeo, así sonaba oficialmente; pero realmente era Asistente de lo que nadie quiere hacer.
Lastimosamente no pude hacer ningún amigo dentro del canal, a esto me ayudó mucho nunca haber recibido el carnet para poder abrir las puertas y avanzar por las instalaciones. Trabajaba en un cubículo abandonado, sin extensión, sin calculadora; útil para disimular cuando uno no sabe que hacer, sin vecinos y sin una libreta para anotar.
Mi mama me envolvía día a día un sanduche de jamón y queso del estilo de escuela apunto de cerrar. A la hora del almuerzo, debido a mi poca popularidad dentro del canal, me encerraba en mi Mazda 323 a devorar esta masa húmeda por la mayonesa cansada de esperar. En mi celular, cuadraba el despertador, que me servía de aviso para volver a mis labores indefinidas.
Después de unos 3 días en lo que podría comparar con un desierto inexplorado, recibí mi primera instrucción; “Su jefa lo necesita en Presidencia” me dijo la secretaria de esta estrella de rock. “Presidencia?” me pregunté asombrado. Inmediatamente busqué una hoja para anotar lo que me fueran a decir, si era de presidencia seguramente me esperaba un primer proyecto donde podría hacer brillar mi talento como Asistente. “Ese flaco es el Asistente, dicen que es bueno”, ese tipo de frases ahora aparecían en mi panorama dentro del gremio de las comunicaciones.
La puerta Presidencial, si se puede llamar así, estaba cerrada. Lo pensé bastante antes de lanzar mi mano hacia la puerta. Tome aire profundo y golpeé suavemente. “Pase!” me gritó algún animal desde adentro. Estaba nervioso, las manos mojadas, la frente abajo y las piernas temblorosas.
Cuando asomé mi cabeza a la sala, nadie me miraba; parecía misteriosamente que mi presencia no cobraba ningún tipo de protagonismo. “Me llamaron” dije con voz de anciano apunto de quedar mudo. “Entre por favor”, me dijo la Señora de apellido liquido y nasal.
“Aquí queremos fumar”, me dijo. Quede atónito “Que putas pasa?” pensé. A mí que me importa si quieren fumar, tomar, o bailar encima de la mesa de juntas. “Aja..” dije pasmado. “Usted tiene cigarrillos, nos podría repartir?” me dijo con una mirada fija. En ese momento se voltearon hacia mí las 20 cabezas que discutían el futuro de la televisión tercermundista. Inmediatamente mi mano, que estaba más indignada que yo, se dirigió hacia mi bolsillo. El silencio alimentaba la sala, todos estaban esperando que este proveedor de nicotina, repartiera en sus pulmones su medio paquete de Marlboro venezolano. Repartí un total de ocho cigarrillos, lastimosamente para ellos, los otros dos ya habitaban en mí, habían sido el cierre perfecto al sanduche de mi mama.
Con los ojos, mi jefa me indicó que mi rol en esa reunión ya había terminado, traté de seguir su mirada que por supuesto, me llevo a la puerta de salida.
Este primer golpe, marcó mi futuro en la compañía, claramente un futuro negro y preocupante. Pero decidí, coger fuerza, ponerme la camiseta y pedalear hacia delante.
Desafortunadamente, la pedaleada me duró poco. Una semana mas tarde, aun no tenia nada que hacer, aun no tenia ningún amigo, aun comía el sanduche entre el carro, aun repartía cigarrillos en los llamados de mi jefa, que día a día parecía sentir mas repulsión hacia este inocente y simple asistente.
Sentado en mi silla, recibí una gran sorpresa. Sobre mi escritorio cayeron desde lo alto unas llaves. Salté, me asusté; había oído un ruido y eso no era nada común. “Lléveme la camioneta a mi casa”, me dijo mi jefa con un tono que los nazis usaban en el holocausto judío. Segundos más tarde, desapareció. Eran las 5pm y esta señora me había tirado las llaves para llevar a su casa la Ford Explorer.
No tuve otra opción, me monté en la camioneta y empecé una expedición por la Avenida de las Américas. Al reconocer los indicadores de la camioneta, me di cuenta que el mas popular de todos alumbraba sin parar. La camioneta no tenía gasolina.
40.000 pesos de mi sueldo, que debo aclarar eran 23.000 pesos al mes, fueron los destinados a la comida de esta Ford.
Hacia las 6:30 de la tarde, coroné mi destino. Aquí recibí una llamada de mi jefa, la cual supuse que era para agradecer mis andanzas. “Lo necesito en el canal Andrés” me dijo. Para empezar, ni siquiera me preguntó si estaba varado en la mitad de las Américas y para terminar me ordenó devolverme al canal. Era tal vez lo mas despiadado que me habían pedido en mi corta vida. Así que dejé el carro en su casa, y levanté la mano a un taxi desolado que pasaba por la carrera séptima. Después de otra hora y media de trayecto volví al paraíso de los famosos.
Oí a lo lejos la risa de mi jefa, que hablaba de estupideces varias con su amiguita de oficina. “Hola, aquí estoy” dije tratando de disimular el veneno que corría por mis venas. “Ya lo solucioné. Tranquilo. Mucho trafico?” respondió sin ni siquiera enfrentar sus ojos a esta fiera en la que yo me había convertido.
Si he logrado ilustrar a ustedes el calibre de jefa que me labró el destino, me sentiría tranquilo.
3 meses mas pase soportando día a día los insultos que seguramente me merezco, 3 meses mas me sirvieron para darme cuenta que las cicatrices aparecen con los golpes, 3 meses mas que me ayudaron a entender que siempre hay que cargar con cigarrillos en el bolsillo y definitivamente 3 meses que fue bueno vivirlos pero no recordarlos.
Gracias a esto, ahora entiendo por que algunos escupen la farándula y otros como yo, escupimos apellidos.
Si lo pronuncian con fuerza, suena como un gargajo atorado en la garganta, si lo dicen rápido, les sonará como el comúnmente mal pronunciado examen del IFES, si lo dicen con rabia, sonará como el susurro de los lobos al ver pasar un par de piernas por sus ojos, si lo dicen varias veces seguidas producirán un silbido aniquilador del preciado silencio.
Durante seis desperdiciados meses de mi vida; éste apellido se convirtió en mi pan de todos los días. Cada día que pasaba sonaba peor, cada día que pasaba parecía que ese gran gargajo agarrado a mi cuerpo se acercaba aún más al puerto de salida.
Treinta minutos antes de dar a luz a este monstruo, me acercaba en un taxi a las instalaciones del Canal RCN, dueño y señor de las conversaciones de los colombianos, maestro por naturaleza de las novelas que se alargan hasta transformarse en una mamadera de gallo sin fin, experto sin competencia en el cubrimiento de los reinados no solo de reinas, sino también de corruptos e inútiles, un canal que a hecho crecer a grandes estrellas que brillan para que nadie las mire, ni las admire;el canal de Betty la fea, famosa en Colombia seguramente por la gran masa de mujeres que se sintieron identificadas, el canal de El Capo, una serie que aporta una gran ayuda a nuestro posicionamiento como narcotraficantes y mulas indeseadas en cualquier aeropuerto, el canal de Jota Mario, el calvo mas desagradable de cada día, el canal que al fin y al cabo nos hace cada día mas colombianos.
Pues a éste canal llegué apresurado ansioso por hacer la primera entrevista de trabajo de mi vida. Me acompañaba a la entrevista una palanca, que habría hecho que a cualquier inadaptado le hubieran dado la oportunidad.
Me recibió un bigotudo muy particular, su bigote se escurría como un tinto derramado, su bigote se movía cuando tenia la boca cerrada, “Solo es un bigote” repetía en mi cabeza para evitar mirarlo. Este bigote móvil, era el jefe de personal, era el encargado de exigir cumplimiento y honestidad a los ídolos de todo un país, que de lo que más parece carecer es precisamente de ellos, los ídolos.
La señora que me entrevistó, peso pesado no precisamente por su peso, sino por su influencia en los medios, decidió contratarme como practicante por un periodo de seis meses. Mi cargo, Asistente de Mercadeo, así sonaba oficialmente; pero realmente era Asistente de lo que nadie quiere hacer.
Lastimosamente no pude hacer ningún amigo dentro del canal, a esto me ayudó mucho nunca haber recibido el carnet para poder abrir las puertas y avanzar por las instalaciones. Trabajaba en un cubículo abandonado, sin extensión, sin calculadora; útil para disimular cuando uno no sabe que hacer, sin vecinos y sin una libreta para anotar.
Mi mama me envolvía día a día un sanduche de jamón y queso del estilo de escuela apunto de cerrar. A la hora del almuerzo, debido a mi poca popularidad dentro del canal, me encerraba en mi Mazda 323 a devorar esta masa húmeda por la mayonesa cansada de esperar. En mi celular, cuadraba el despertador, que me servía de aviso para volver a mis labores indefinidas.
Después de unos 3 días en lo que podría comparar con un desierto inexplorado, recibí mi primera instrucción; “Su jefa lo necesita en Presidencia” me dijo la secretaria de esta estrella de rock. “Presidencia?” me pregunté asombrado. Inmediatamente busqué una hoja para anotar lo que me fueran a decir, si era de presidencia seguramente me esperaba un primer proyecto donde podría hacer brillar mi talento como Asistente. “Ese flaco es el Asistente, dicen que es bueno”, ese tipo de frases ahora aparecían en mi panorama dentro del gremio de las comunicaciones.
La puerta Presidencial, si se puede llamar así, estaba cerrada. Lo pensé bastante antes de lanzar mi mano hacia la puerta. Tome aire profundo y golpeé suavemente. “Pase!” me gritó algún animal desde adentro. Estaba nervioso, las manos mojadas, la frente abajo y las piernas temblorosas.
Cuando asomé mi cabeza a la sala, nadie me miraba; parecía misteriosamente que mi presencia no cobraba ningún tipo de protagonismo. “Me llamaron” dije con voz de anciano apunto de quedar mudo. “Entre por favor”, me dijo la Señora de apellido liquido y nasal.
“Aquí queremos fumar”, me dijo. Quede atónito “Que putas pasa?” pensé. A mí que me importa si quieren fumar, tomar, o bailar encima de la mesa de juntas. “Aja..” dije pasmado. “Usted tiene cigarrillos, nos podría repartir?” me dijo con una mirada fija. En ese momento se voltearon hacia mí las 20 cabezas que discutían el futuro de la televisión tercermundista. Inmediatamente mi mano, que estaba más indignada que yo, se dirigió hacia mi bolsillo. El silencio alimentaba la sala, todos estaban esperando que este proveedor de nicotina, repartiera en sus pulmones su medio paquete de Marlboro venezolano. Repartí un total de ocho cigarrillos, lastimosamente para ellos, los otros dos ya habitaban en mí, habían sido el cierre perfecto al sanduche de mi mama.
Con los ojos, mi jefa me indicó que mi rol en esa reunión ya había terminado, traté de seguir su mirada que por supuesto, me llevo a la puerta de salida.
Este primer golpe, marcó mi futuro en la compañía, claramente un futuro negro y preocupante. Pero decidí, coger fuerza, ponerme la camiseta y pedalear hacia delante.
Desafortunadamente, la pedaleada me duró poco. Una semana mas tarde, aun no tenia nada que hacer, aun no tenia ningún amigo, aun comía el sanduche entre el carro, aun repartía cigarrillos en los llamados de mi jefa, que día a día parecía sentir mas repulsión hacia este inocente y simple asistente.
Sentado en mi silla, recibí una gran sorpresa. Sobre mi escritorio cayeron desde lo alto unas llaves. Salté, me asusté; había oído un ruido y eso no era nada común. “Lléveme la camioneta a mi casa”, me dijo mi jefa con un tono que los nazis usaban en el holocausto judío. Segundos más tarde, desapareció. Eran las 5pm y esta señora me había tirado las llaves para llevar a su casa la Ford Explorer.
No tuve otra opción, me monté en la camioneta y empecé una expedición por la Avenida de las Américas. Al reconocer los indicadores de la camioneta, me di cuenta que el mas popular de todos alumbraba sin parar. La camioneta no tenía gasolina.
40.000 pesos de mi sueldo, que debo aclarar eran 23.000 pesos al mes, fueron los destinados a la comida de esta Ford.
Hacia las 6:30 de la tarde, coroné mi destino. Aquí recibí una llamada de mi jefa, la cual supuse que era para agradecer mis andanzas. “Lo necesito en el canal Andrés” me dijo. Para empezar, ni siquiera me preguntó si estaba varado en la mitad de las Américas y para terminar me ordenó devolverme al canal. Era tal vez lo mas despiadado que me habían pedido en mi corta vida. Así que dejé el carro en su casa, y levanté la mano a un taxi desolado que pasaba por la carrera séptima. Después de otra hora y media de trayecto volví al paraíso de los famosos.
Oí a lo lejos la risa de mi jefa, que hablaba de estupideces varias con su amiguita de oficina. “Hola, aquí estoy” dije tratando de disimular el veneno que corría por mis venas. “Ya lo solucioné. Tranquilo. Mucho trafico?” respondió sin ni siquiera enfrentar sus ojos a esta fiera en la que yo me había convertido.
Si he logrado ilustrar a ustedes el calibre de jefa que me labró el destino, me sentiría tranquilo.
3 meses mas pase soportando día a día los insultos que seguramente me merezco, 3 meses mas me sirvieron para darme cuenta que las cicatrices aparecen con los golpes, 3 meses mas que me ayudaron a entender que siempre hay que cargar con cigarrillos en el bolsillo y definitivamente 3 meses que fue bueno vivirlos pero no recordarlos.
Gracias a esto, ahora entiendo por que algunos escupen la farándula y otros como yo, escupimos apellidos.
martes, 16 de febrero de 2010
Orejas de Gringo
“Sus orejas no funcionan”, fue la frase de bienvenida a la embajada de Estados Unidos. “Perdón?” pregunté exaltado a una señorita que estaba convencida que la habían nombrado cónsul de nuestro aliado país. Durante mas de dos semanas entregué mi vida a los Estados Unidos, por primera vez, renuncie a la publicidad, para dedicarme a recolectar los papeles que según los gringos, me acreditan como merecedor del sello de entrada al mundo de las hamburguesas.
El primer paso, comprar un PIN que automáticamente recarga minutos para poderse comunicar vía telefónica con la embajada. Un gringo que parece estar atragantado con un trapo mojado, negro y sucio, es el que contesta la llamada, que por cierto, es más caro que llamar a Korea. Mi débil estomago se puso nervioso, como si estuviera escondiendo algo, como si de un momento a otro me hubiera convertido en un traficante de heroína o un miembro honorable de Al Qaeda o peor aún un asesino de ancianas. Después de unos 12 minutos de preguntas y respuestas, finalmente, me asignaron una puta. Perdón, una cita.
Con la cita lista, y todos los papeles que demostraban que yo era yo, que mi mama era mi mama, que mi papa realmente era mi papa y que mi poca plata era mi poca plata, me fui para la embajada.
En un taxi del cual no debo, por seguridad de la nación, revelar las placas, llegué hacia las 6 de la mañana a la primera de las dos citas necesarias para que me pusieran el sello.
Dentro de un sobre amarillo quemado, esperaban ansiosamente por ser presentados mi formulario mal diligenciado, las fotos mal tomadas y los fondos insuficientes.
Inmediatamente me dirigieron a una fila afuera de la embajada; donde unos 40 cristianos lentamente morían congelados. Me tranquilizó que todos tenían el mismo sobre amarillo quemado que yo, pero claro está que la puta tranquilidad desapareció cuando abrí el sobre para ser revisado. “Papeles” me dijo la cónsul recién nombrada, como un policía que agarra a un adolescente borracho, armado, histérico y empeloto.
Lo primero que pasó a las manos del cónsul de la fila, fue mi formulario mal diligenciado. De manera salvaje, con un resaltador verde fosforescente, me tachó sin compasión uno a uno cada renglón.
Pero lo peor estaba apunto de llegar. Lentamente la supervisora bajo los ojos hacia mi foto, que venia mal pegada en la esquina inferior del formulario.
“Sus orejas no funcionan” me dijo mirándome a los ojos, “Perdón?” le respondí. “Sus orejas son extremadamente planas” me aclaró señalándome. “Pondré un interrogante en su foto, cuando llegue al final de la fila, lo pueden devolver, usted verá” me retó.
Mi mente se puso en blanco, ahora todo parecía ser más complicado, pensé en las orejas de mi papa, las de mi mamá y las de mi abuelo que esta muerto hace unos 40 años. Trataba de entender de dónde me habían salido las orejas podridas, nadie, pero nadie en la fila tenía mis mismas orejas, todas tenían volumen, curva, dinamismo. Al no entender la procedencia de mis orejas tomé una sabia decisión.
“Me puede cuidar el puesto? Tengo un problema con mis orejas” le dije acelerado a mi vecino en la fila. Es entendible que me haya mirado de la manera que lo hizo.
Corrí entonces hasta un lugar de fotos cercano a la embajada, corrí desesperadamente, como un desempleado que va tarde a su entrevista de trabajo.
Cuando entre a Foto Visas, grité tratando de no gritar, “Necesito que mis orejas se vean!”. Un empleado con alta trayectoria en malformaciones físicas me atendió. “No se preocupe mi hermano, yo le ayudo”. Debo aceptar que me dio un aire de tranquilidad.
“Primero que todo, su camisa no sirve; póngase el vestido que esta en el gancho” dijo el fotógrafo. “Mierda” pensé, mientras mi cabeza giraba hacia el gancho, “Puta Mierda” susurré cuando vi lo que había colgado en el gancho. Un blazer de la época de Granahorrar reposaba sobre una camisa de manga corta de color azul de mierda profundo. Como toda la ropa que se encuentra en este país, tanto el saco como la camisa eran talla XXL. Las mangas del blazer, como un mar, ocultaban mis huesos marcados; mientras los hombros del saco, acariciaban mis codos.
Que mas podía hacer, me metí en la cabina de la foto y me puse el vestido. Al sentir húmedas las axilas, respire hondo, después volví a respirar.
De un momento a otro un grito animal captó mi atención “Dónde esta el gel de las orejas!!”. Unos 10 segundos después llego a mis ojos un tarro de la pócima de los ejecutivos promedio, el gel.
Sin pensarlo dos veces el fotógrafo metió su mano dentro del tarro, como quien mete la mano en un puré de papa. Su mano se llenó totalmente, y sin dar espera me pego la cachetada más pegajosa que he recibido en mi vida.
Quedé sordo. Fue extraño, pero quedé parcialmente sordo. El gel no dejaba que el sonido entrara en mí. Tres o cuatro segundos más tarde recibí el segundo cachetadón del fotógrafo. Y ahí si, la sordera me consumió por completo.
Seguido a esto, entré en la etapa del esparcimiento; con sus manos poco a poco me aplanó todo el pelo.
Debo admitir que el resultado fue patético, me senté en la cabina para la foto y encontré un espejo justo al frente mío. Las orejas me brillaban, parecían las orejas de un feto.
Finalmente el fotógrafo disparó, la foto fue tomada, y claramente refleja un ser humano en proceso de evolución, un ser humano lejos de ser humano, un ser humano al cual cualquier gobierno negaría la entrada a su país.
“Esta mierda me la van a negar” pensaba mientras corría de vuelta a la embajada.
“Aunque no son muy claras, ahora se le ven las orejas” me dijo la supervisora con cierta sonrisa de burla. “Parecen de un puto feto” pensaba yo mientras la miraba.
Mi visa fue aprobada, seguramente mis orejas deslumbraron al entrevistador, seguramente las orejas que brillan, son las orejas que les gustan a los gringos.
A todos los que pidan esta visa les aconsejo de corazón que revisen muy bien sus orejas antes de encaminarse en este infierno, no va a ser que por obviar este paso, pierdan la oportunidad de conocer al orejón insignia del capitalismo; nuestro amigo Mickey Mouse.
El primer paso, comprar un PIN que automáticamente recarga minutos para poderse comunicar vía telefónica con la embajada. Un gringo que parece estar atragantado con un trapo mojado, negro y sucio, es el que contesta la llamada, que por cierto, es más caro que llamar a Korea. Mi débil estomago se puso nervioso, como si estuviera escondiendo algo, como si de un momento a otro me hubiera convertido en un traficante de heroína o un miembro honorable de Al Qaeda o peor aún un asesino de ancianas. Después de unos 12 minutos de preguntas y respuestas, finalmente, me asignaron una puta. Perdón, una cita.
Con la cita lista, y todos los papeles que demostraban que yo era yo, que mi mama era mi mama, que mi papa realmente era mi papa y que mi poca plata era mi poca plata, me fui para la embajada.
En un taxi del cual no debo, por seguridad de la nación, revelar las placas, llegué hacia las 6 de la mañana a la primera de las dos citas necesarias para que me pusieran el sello.
Dentro de un sobre amarillo quemado, esperaban ansiosamente por ser presentados mi formulario mal diligenciado, las fotos mal tomadas y los fondos insuficientes.
Inmediatamente me dirigieron a una fila afuera de la embajada; donde unos 40 cristianos lentamente morían congelados. Me tranquilizó que todos tenían el mismo sobre amarillo quemado que yo, pero claro está que la puta tranquilidad desapareció cuando abrí el sobre para ser revisado. “Papeles” me dijo la cónsul recién nombrada, como un policía que agarra a un adolescente borracho, armado, histérico y empeloto.
Lo primero que pasó a las manos del cónsul de la fila, fue mi formulario mal diligenciado. De manera salvaje, con un resaltador verde fosforescente, me tachó sin compasión uno a uno cada renglón.
Pero lo peor estaba apunto de llegar. Lentamente la supervisora bajo los ojos hacia mi foto, que venia mal pegada en la esquina inferior del formulario.
“Sus orejas no funcionan” me dijo mirándome a los ojos, “Perdón?” le respondí. “Sus orejas son extremadamente planas” me aclaró señalándome. “Pondré un interrogante en su foto, cuando llegue al final de la fila, lo pueden devolver, usted verá” me retó.
Mi mente se puso en blanco, ahora todo parecía ser más complicado, pensé en las orejas de mi papa, las de mi mamá y las de mi abuelo que esta muerto hace unos 40 años. Trataba de entender de dónde me habían salido las orejas podridas, nadie, pero nadie en la fila tenía mis mismas orejas, todas tenían volumen, curva, dinamismo. Al no entender la procedencia de mis orejas tomé una sabia decisión.
“Me puede cuidar el puesto? Tengo un problema con mis orejas” le dije acelerado a mi vecino en la fila. Es entendible que me haya mirado de la manera que lo hizo.
Corrí entonces hasta un lugar de fotos cercano a la embajada, corrí desesperadamente, como un desempleado que va tarde a su entrevista de trabajo.
Cuando entre a Foto Visas, grité tratando de no gritar, “Necesito que mis orejas se vean!”. Un empleado con alta trayectoria en malformaciones físicas me atendió. “No se preocupe mi hermano, yo le ayudo”. Debo aceptar que me dio un aire de tranquilidad.
“Primero que todo, su camisa no sirve; póngase el vestido que esta en el gancho” dijo el fotógrafo. “Mierda” pensé, mientras mi cabeza giraba hacia el gancho, “Puta Mierda” susurré cuando vi lo que había colgado en el gancho. Un blazer de la época de Granahorrar reposaba sobre una camisa de manga corta de color azul de mierda profundo. Como toda la ropa que se encuentra en este país, tanto el saco como la camisa eran talla XXL. Las mangas del blazer, como un mar, ocultaban mis huesos marcados; mientras los hombros del saco, acariciaban mis codos.
Que mas podía hacer, me metí en la cabina de la foto y me puse el vestido. Al sentir húmedas las axilas, respire hondo, después volví a respirar.
De un momento a otro un grito animal captó mi atención “Dónde esta el gel de las orejas!!”. Unos 10 segundos después llego a mis ojos un tarro de la pócima de los ejecutivos promedio, el gel.
Sin pensarlo dos veces el fotógrafo metió su mano dentro del tarro, como quien mete la mano en un puré de papa. Su mano se llenó totalmente, y sin dar espera me pego la cachetada más pegajosa que he recibido en mi vida.
Quedé sordo. Fue extraño, pero quedé parcialmente sordo. El gel no dejaba que el sonido entrara en mí. Tres o cuatro segundos más tarde recibí el segundo cachetadón del fotógrafo. Y ahí si, la sordera me consumió por completo.
Seguido a esto, entré en la etapa del esparcimiento; con sus manos poco a poco me aplanó todo el pelo.
Debo admitir que el resultado fue patético, me senté en la cabina para la foto y encontré un espejo justo al frente mío. Las orejas me brillaban, parecían las orejas de un feto.
Finalmente el fotógrafo disparó, la foto fue tomada, y claramente refleja un ser humano en proceso de evolución, un ser humano lejos de ser humano, un ser humano al cual cualquier gobierno negaría la entrada a su país.
“Esta mierda me la van a negar” pensaba mientras corría de vuelta a la embajada.
“Aunque no son muy claras, ahora se le ven las orejas” me dijo la supervisora con cierta sonrisa de burla. “Parecen de un puto feto” pensaba yo mientras la miraba.
Mi visa fue aprobada, seguramente mis orejas deslumbraron al entrevistador, seguramente las orejas que brillan, son las orejas que les gustan a los gringos.
A todos los que pidan esta visa les aconsejo de corazón que revisen muy bien sus orejas antes de encaminarse en este infierno, no va a ser que por obviar este paso, pierdan la oportunidad de conocer al orejón insignia del capitalismo; nuestro amigo Mickey Mouse.
lunes, 15 de febrero de 2010
Memorias de un Principiante
“Mañana debe estar muy concentrado”. Fueron las palabras que oí en mi tercer día de mi primer trabajo. Por fin, había logrado empezar mi infierno en el mundo de la publicidad, que a tantos los hace sentir orgullosos, y a otros tantos simplemente los hace sentir como uno más.
Me asignaron una cuenta, que al parecer a nadie le importaba. Un médico que se las tiraba de blof, pero en el fondo no era mas que una bata blanca con 3 o 4 aparatos colgados. Este personaje, se dedicaba a esconder y maquillar los variados defectos de nuestra mal llamada farándula. Tetas, culos, piernas y más, eran las áreas en las que este mercenario decía ser experto.
Pero bueno, dejemos en paz al médico, que al fin y al cabo todos queremos ser expertos en lo mismo que el; tetas culos, piernas y mas.
“Mañana conocerá a su cliente, y le pedimos estar muy concentrado, ya que usted debe tomar nota de todo lo que diga el doctor” Me decía mi jefe, con cierto tono amenazador. Al principio no entendí la importancia del tema, pero unos segundos mas tarde, me recalcaron: “Acuérdese Andrés, debe anotar todo”. Al parecer este medico sufría de una especie de enfermedad muy conocida en el mundo de la publicidad; Alzheimer crónico, pues decía cosas que después desaparecían en el olvido.
Así que, esa noche me acosté temprano, quería estar verdaderamente preparado para conocer a mi cliente.
A las 8 de la mañana de un día gris, igual de gris a lo que se venia, estaba yo parado en la fría entrada del consultorio del médico, donde haríamos la reunión. En mi mano reposaba una ridícula libreta que me aconsejo mi mama llevar. Era una libreta muy pequeña y totalmente ridícula, era una libreta corporativa de Davivienda, era una libreta que a nadie mas se hubiera ocurrido llevar a una reunión.
En mi cabeza solo retumbaba las amenazas de mi jefe “Debe Anotar todo” “Debe Anotar todo” Debe Anotar todo”, esto se me había convertido en una obsesión.
Mientras esta frase se paseaba por mi cabeza de principiante, vi llegar a mi jefe, que como buen jefe, había llegado 20 minutos tarde. Me saludó, como quien saluda a un portero, y procedimos a entrar.
Amablemente se saludaron, como dos lagartos que se alimentan el uno del otro. “Buenos Días Doctor” dijo mi jefe emocionado, “Buenos días Juan Pablo”, contestó el Doctor.
Pero tal vez el más estúpido aquí fui yo.
Aquí abrí la puta libreta.
Decidí, sabiamente anotar el saludo, pensando “Debo anotar todo”.
Y así, arranqué como una maquina nunca antes vista a transcribir una a una las palabras que se cruzaban el Doctor y mi jefe. El músculo de mi brazo, que debo aclarar es bastante insignificante, se convirtió en un monstruo caluroso, ansioso por devorar las páginas de la afortunada y triste libreta. JP fueron las siglas que le adjudique a mi jefe y por supuesto DR al doctor. Esto me aceleraba el proceso.
Desde el ofrecimiento de un café tibio, hasta las más mínimas expresiones; quedaron consumadas en mi instrumento de trabajo.
El médico de la felicidad femenina, me miraba asombrado. Mi velocidad para escribir era tan reveladora como un bebé que mira el deprimente mundo por primera vez.
La reunión fue extensa, fue como una de esas pesadillas que despiertan en otra pesadilla peor.
Unas 25 hojas fueron el resultado de esta envidiable labor. 25 hojas que me hicieron derramar el sudor de mi frente, 25 hojas, que me condenarían para siempre dentro del gremio publicitario.
La verdad, cuando terminó la reunión, me sentí conforme con mi trabajo; realmente había anotado absolutamente todo.
Y aquí cerré la puta libreta.
Ese mismo día, que parecía no acabar, me senté en un computador prestado que normalmente dan a los recién contratados. Debía pasar al computador la totalidad de mis apuntes para pasar el informe a mis jefes.
Suavemente puse la libretita sobre mi escritorio.
Mientras tecleaba esta amarga experiencia, alguien muy rápido, más rápido que mi mano anotadora; me robó mi libreta.
La risa se empezó a tomar las instalaciones, oí a lo lejos: “Quien es este estúpido?!!! Claro, el estúpido era yo.
Inmediatamente se viralizó mi estupidez. Cuando mis ojos enfrentaron lo que estaba ocurriendo; ya habitaban alrededor de mi puta libreta unas 15 personas. Todas me miraban, todas se reían, nadie podía creer que hubiera alguien tan vergonzosamente primíparo para hacer algo de este calibre.
“Buenos días Doctor!” decía uno de los desalmados, mientras leía mis apuntes. “Buenos Días Juan Pablo”, le contestaba el otro. Una obra de teatro que se habría podido titular “Memorias de un principiante”, empezó a interpretarse justo al frente mío. Todos se peleaban por ser el doctor, otros pocos se aventuraban por leer el guión de mi jefe.
Lloraban de la risa, se burlaron como nadie se había burlado de mi ignorancia.
Esa noche, llame a mi mamá. Claro esta, lleve toda mi ira contra ella, la culpé por haberme mandado a la reunión con esa libreta del demonio. “Eso es normal, eres nuevo” me dijo con un tono sarcástico.
Este triste episodio marcó mi paso por esta agencia de publicidad; fui y seré recordado como el gran transcriptor.
1 mes después, renuncie a mi trabajo. Decidí irme al palacio de las manzanas, Leo Burnett.
“No es usted el del cuento de la libreta?” fue la primera frase que oí en el ascensor de mi segundo trabajo.
En fin, a los primíparos, les quiero advertir que tengan cuidado, un pequeño error, puede casar un efecto viral irreparable.
A mi siempre me recordarán como “El huevón de la libreta”.
Me asignaron una cuenta, que al parecer a nadie le importaba. Un médico que se las tiraba de blof, pero en el fondo no era mas que una bata blanca con 3 o 4 aparatos colgados. Este personaje, se dedicaba a esconder y maquillar los variados defectos de nuestra mal llamada farándula. Tetas, culos, piernas y más, eran las áreas en las que este mercenario decía ser experto.
Pero bueno, dejemos en paz al médico, que al fin y al cabo todos queremos ser expertos en lo mismo que el; tetas culos, piernas y mas.
“Mañana conocerá a su cliente, y le pedimos estar muy concentrado, ya que usted debe tomar nota de todo lo que diga el doctor” Me decía mi jefe, con cierto tono amenazador. Al principio no entendí la importancia del tema, pero unos segundos mas tarde, me recalcaron: “Acuérdese Andrés, debe anotar todo”. Al parecer este medico sufría de una especie de enfermedad muy conocida en el mundo de la publicidad; Alzheimer crónico, pues decía cosas que después desaparecían en el olvido.
Así que, esa noche me acosté temprano, quería estar verdaderamente preparado para conocer a mi cliente.
A las 8 de la mañana de un día gris, igual de gris a lo que se venia, estaba yo parado en la fría entrada del consultorio del médico, donde haríamos la reunión. En mi mano reposaba una ridícula libreta que me aconsejo mi mama llevar. Era una libreta muy pequeña y totalmente ridícula, era una libreta corporativa de Davivienda, era una libreta que a nadie mas se hubiera ocurrido llevar a una reunión.
En mi cabeza solo retumbaba las amenazas de mi jefe “Debe Anotar todo” “Debe Anotar todo” Debe Anotar todo”, esto se me había convertido en una obsesión.
Mientras esta frase se paseaba por mi cabeza de principiante, vi llegar a mi jefe, que como buen jefe, había llegado 20 minutos tarde. Me saludó, como quien saluda a un portero, y procedimos a entrar.
Amablemente se saludaron, como dos lagartos que se alimentan el uno del otro. “Buenos Días Doctor” dijo mi jefe emocionado, “Buenos días Juan Pablo”, contestó el Doctor.
Pero tal vez el más estúpido aquí fui yo.
Aquí abrí la puta libreta.
Decidí, sabiamente anotar el saludo, pensando “Debo anotar todo”.
Y así, arranqué como una maquina nunca antes vista a transcribir una a una las palabras que se cruzaban el Doctor y mi jefe. El músculo de mi brazo, que debo aclarar es bastante insignificante, se convirtió en un monstruo caluroso, ansioso por devorar las páginas de la afortunada y triste libreta. JP fueron las siglas que le adjudique a mi jefe y por supuesto DR al doctor. Esto me aceleraba el proceso.
Desde el ofrecimiento de un café tibio, hasta las más mínimas expresiones; quedaron consumadas en mi instrumento de trabajo.
El médico de la felicidad femenina, me miraba asombrado. Mi velocidad para escribir era tan reveladora como un bebé que mira el deprimente mundo por primera vez.
La reunión fue extensa, fue como una de esas pesadillas que despiertan en otra pesadilla peor.
Unas 25 hojas fueron el resultado de esta envidiable labor. 25 hojas que me hicieron derramar el sudor de mi frente, 25 hojas, que me condenarían para siempre dentro del gremio publicitario.
La verdad, cuando terminó la reunión, me sentí conforme con mi trabajo; realmente había anotado absolutamente todo.
Y aquí cerré la puta libreta.
Ese mismo día, que parecía no acabar, me senté en un computador prestado que normalmente dan a los recién contratados. Debía pasar al computador la totalidad de mis apuntes para pasar el informe a mis jefes.
Suavemente puse la libretita sobre mi escritorio.
Mientras tecleaba esta amarga experiencia, alguien muy rápido, más rápido que mi mano anotadora; me robó mi libreta.
La risa se empezó a tomar las instalaciones, oí a lo lejos: “Quien es este estúpido?!!! Claro, el estúpido era yo.
Inmediatamente se viralizó mi estupidez. Cuando mis ojos enfrentaron lo que estaba ocurriendo; ya habitaban alrededor de mi puta libreta unas 15 personas. Todas me miraban, todas se reían, nadie podía creer que hubiera alguien tan vergonzosamente primíparo para hacer algo de este calibre.
“Buenos días Doctor!” decía uno de los desalmados, mientras leía mis apuntes. “Buenos Días Juan Pablo”, le contestaba el otro. Una obra de teatro que se habría podido titular “Memorias de un principiante”, empezó a interpretarse justo al frente mío. Todos se peleaban por ser el doctor, otros pocos se aventuraban por leer el guión de mi jefe.
Lloraban de la risa, se burlaron como nadie se había burlado de mi ignorancia.
Esa noche, llame a mi mamá. Claro esta, lleve toda mi ira contra ella, la culpé por haberme mandado a la reunión con esa libreta del demonio. “Eso es normal, eres nuevo” me dijo con un tono sarcástico.
Este triste episodio marcó mi paso por esta agencia de publicidad; fui y seré recordado como el gran transcriptor.
1 mes después, renuncie a mi trabajo. Decidí irme al palacio de las manzanas, Leo Burnett.
“No es usted el del cuento de la libreta?” fue la primera frase que oí en el ascensor de mi segundo trabajo.
En fin, a los primíparos, les quiero advertir que tengan cuidado, un pequeño error, puede casar un efecto viral irreparable.
A mi siempre me recordarán como “El huevón de la libreta”.
Mi Maraton Comcel
Afortunadamente ya lo sé, y quiero compartirlo con ustedes, para que de una u otra forma ustedes nunca lo vivan.
8:00 de la mañana; me despierto con la acostumbrada llamada de mi señora madre a saludarme. Como siempre, prendo mi televisión y como ustedes saben, en este país solo se habla de crisis; crisis en la política, crisis en la economía, crisis emocional, y la más famosa y renombrada crisis, la de las pirámides.
Miraba el noticiero con cierto sentimiento de tristeza, con las personas que por su ignorancia y falta de educación, caen engañadas por mentirosos que prometen dinero fácil, y claro; vida fácil.
Mientras hablaba con mi mamá recibí a mi celular uno de des esos mensajes de texto que sorprenden un sábado tan temprano. Al ver que la fuente del mensaje era COMCEL, pensé que era alguno de esos cobros virtuales. Pero no, algo muy diferente se había metido en mi celular. El mensaje me informaba que había sido el Feliz Ganador de 15’000.000 de pesos.
Me imagino que ya estarán oliéndose lo que viene. Y sí, estúpidamente devolví la llamada al número que me enviaban, mientras le dije a mi mamá que tenía que colgar por la probabilidad alta de que igual a Murcia, pude haberme vuelto millonario de la noche a la mañana.
Centro Master Comcel, me contestaron. Una voz de locutor profesional me atendió la llamada. Con tono inseguro le pregunté acerca del mensaje que había recibido. De forma inmediata me comunican que acabo de ser un ganador más del maravilloso “Maratón Comcel”. Me indican que son en total 700 los ganadores de esta renombrada triatlón de ganadores.
Mientras me informaban que mi prodigiosa suerte se había revelado, me levanté de mi cama, todavía con los ojos medio pegados. Esto sonaba muy bien; simplemente me había ganado 15 millones de pesos en una tarjeta débito. Ya era un ganador. En ese momento me arrepentí de tantos agarrones con el call center, en ese momento me sentí orgulloso de pagar mi celular mes a mes, en ese momento sentí que por fin, Comcel devolvía pagos en una muestra de cariño hacia sus clientes especiales, como yo.
Y aquí empezó mi maratón.
Lamentablemente, existe la ganancia ocasional; buenas noticias para el Estado, malas para el ganador. Por ganancia ocasional y gracias a un convenio especial de Comcel, el impuesto a pagar sobre los 15 millones de pesos, corresponde a un 1%, es decir, 150.000 pesos.
A continuación recibo por parte de Comcel la siguiente instrucción: “Señor, la forma de pago de este 1% se debe hacer por medio de nuestras épicas tarjetas prepago de Comcel, para esto usted tiene 15 minutos; es decir, antes de este tiempo usted debe llegar a una tienda, comprar 150.000 pesos en tarjetas, y así será un feliz ganador, ¿qué le parece?” Mi respuesta fue obvia. Increíble, contesté mientras me ponía unos zapatos que me regaló mi abuelo, una camiseta roja feísima que me llega a las rodillas y unos jeans rotos que no me ponía desde los 13 años.
Salí de mi apartamento como un loco que acababa de tener una tragedia terrible; en el camino hacia mi carro, casi arrollo al portero. Sosteniendo el teléfono en mi hombro mientras hablaba con mi redentor de Comcel, manejé hacia una tienducha cercana. La gente de otros carros me miraba, mi estado era deplorable. Preguntaba cada minuto al centro Máster: ¿cuánto tiempo me queda? Me contestaban, 8 minutos… 6 minutos… apúrele señor. Dios mío, qué mezcla de emoción y estrés al mismo tiempo. Pero lo logré; llegué a la tienda.
El tendero pensó que era un atraco, seguramente desacostumbrado a ver entrar esperpentos a su tienda. “Déme 150.000 pesos en tarjetas prepago” le dije. Me miró muy raro, realmente muy extrañado. Sacó un 50% del inventario en tarjetas y me las entregó, mientras yo sacaba de mis bolsillos mis billetes de 50.000. En este momento me informaron de Comcel, que estaba solo a un paso de mis 15 milloncitos. Mientras todo esto ocurría, me hacían varias preguntas; como por ejemplo: “¿qué piensa hacer con los 15 millones?” Yo no podía ni contestar, pensaba en mi soñado MiniCooper que se veía más cerca que nunca.
Me pidieron entonces meterme en mi carro de nuevo, donde pudiera estar tranquilo y concentrado para el último paso antes de ganar mi fortuna.
Debía raspar las 10 tarjetas que había comprado, dictar los códigos, y de esta manera hacer el pago del impuesto. Y así, empecé a raspar.
Mi uña se puso negra, muy negra; imagínense raspar 10 códigos de estos. 1025678909, 1345278704, 456239087, 5465789098. Dicté uno por uno el código de cada tarjeta. Cada vez que dictaba uno me decían: “¡Código correcto! ¡Adelante con el siguiente!”
Finalmente acabé, me dolía el dedo, pero me alentaba el premio. El Centro Máster me informó entonces que ya había ganado la Maratón Comcel y me informaron que un representante de Bancolombia y de la Superintendencia estaban presentes y querían brindarme un caluroso aplauso por mi odisea. Oí aplausos, oí la felicidad de una empresa que se alegra por la suerte de sus clientes. Fue aquí donde me abrieron un espacio para que yo dijera unas palabras de agradecimiento. “De corazón, quiero agradecer a Comcel, Bancolombia y al superintendente, por tan maravillosa sorpresa, cosas como estas son las que hacen que los clientes se enamoren de las compañías”.
Pero aquí no terminaba esta llamada de más de 40 minutos. El Centro Máster hace un llamado a mi buen corazón, qué lindo. Me piden, claro de forma voluntaria; donar alguna parte de mis 15 millones al hospital Cardio-infantil. Pero cómo decir que no, “claro que sí” dije emocionado, pensando en estos miles de niños que necesitan mucho más que 15 millones para curar su salud. Entonces dije con tono de salvador: “Dono 500.000 pesos”; pero lamentablemente la forma de donar esta plata se debía hacer también por medio de las tarjetas Comcel. Por lo que desafortunadamente para estos niños, solo puede donar 150.000 pesos más.
De nuevo, entré a la tienda. El tendero no sabía qué hacer cuando le pedí 150.000 pesos más en tarjetas. Finalmente, sacó las últimas tarjetas que tenía y me las vendió, con una mirada que yo nunca había visto en mi vida.
A raspar de nuevo; con la misma uña; para dejarla aún más negra y desagradable. Dicté al Centro Máster 10 códigos más.
Y ahora sí había terminado, había ganado. Al otro día me visitarían en mi casa las cámaras del canal RCN, un representante de Bancolombia y la gerente del CardioInfantil, para hacerme entrega de mi tarjeta débito por 15 millones de pesos.
Me pidieron visitar la página ideascomcel.com donde podría ver mi nombre en la lista de ganadores del Máraton Comcel.
Y así, después de 40 minutos de un arduo ejercicio mental, colgué.
Inmediatamente, llamé a mi papá. “¡Me gané 15 millones!” le dije mientras me reía. Le conté esta maravillosa historia y me hizo una pregunta muy sabia, demasiado sabia: “Chino, ¿no te habrán tumbado?”. “Nooooo, esto era serio” Contesté yo. Le pedí a mi papá que entrara a la página de Internet, que ahí saldría mi nombre en contados instantes. “Busca el banner de Maratón Comcel” le pedí. Después de unos 5 minutos me dijo: “No veo ninguna Maratón”.
Por lo tanto llame al *611; mientras miraba mi camiseta roja y zapatos desgastados. Le pregunto a la operadora de Comcel sobre la Maratón, y la gran respuesta:
“Lo sentimos señor pero esa Maratón no existe, ¿usted no habrá pagado, verdad?”.
No lo soporté, colgué inmediatamentre sin ni siquiera contestarle nada. Me senté en mi cama y entendí que yo solo era el ganador de una maratón de estúpidos. Había ganado el primer puesto. Había ganado con honores.
Me miré al espejo. Qué triste escena. La camiseta, los zapatos, los jeans y 20 tarjetas prepago raspadas encima de mi cama. Había donado 300.000 pesos en minutos de celular a algún mercenario.
Pero qué imbécil, ¿cómo pude caer en esto?
Decidí averiguar entonces a profundidad sobre el tema. Resulta que estas llamadas las hacen desde la cárcel; el centro de operaciones de los ladrones, sicarios y violadores de nuestro país. Lo reconfortante es que en este tipo de robos, solo cae el 0.1% de la población, siendo parte de este porcentaje el autor de este artículo. En la cárcel, recargan celulares con estos minutos de la Maratón, y los venden como arroz.
Quiero pedirles disculpas por hacer pública esta estupidez, esta ignorancia, esta falta de criterio. Deben estar pensando, “¿Quién será este idiota?”. Eso mismo me pregunto yo; ¿quién fui ese sábado?
Definitivamente creatividad en Colombia hay por todos lados; ideas buenas o en este caso ideas malas para estúpidos como yo.
Quisiera cerrar pidiéndoles que el día que reciban este mensaje de texto, piensen en mí. Solo si quieren ser parte del 0.1% de la población, arranquen a raspar.
8:00 de la mañana; me despierto con la acostumbrada llamada de mi señora madre a saludarme. Como siempre, prendo mi televisión y como ustedes saben, en este país solo se habla de crisis; crisis en la política, crisis en la economía, crisis emocional, y la más famosa y renombrada crisis, la de las pirámides.
Miraba el noticiero con cierto sentimiento de tristeza, con las personas que por su ignorancia y falta de educación, caen engañadas por mentirosos que prometen dinero fácil, y claro; vida fácil.
Mientras hablaba con mi mamá recibí a mi celular uno de des esos mensajes de texto que sorprenden un sábado tan temprano. Al ver que la fuente del mensaje era COMCEL, pensé que era alguno de esos cobros virtuales. Pero no, algo muy diferente se había metido en mi celular. El mensaje me informaba que había sido el Feliz Ganador de 15’000.000 de pesos.
Me imagino que ya estarán oliéndose lo que viene. Y sí, estúpidamente devolví la llamada al número que me enviaban, mientras le dije a mi mamá que tenía que colgar por la probabilidad alta de que igual a Murcia, pude haberme vuelto millonario de la noche a la mañana.
Centro Master Comcel, me contestaron. Una voz de locutor profesional me atendió la llamada. Con tono inseguro le pregunté acerca del mensaje que había recibido. De forma inmediata me comunican que acabo de ser un ganador más del maravilloso “Maratón Comcel”. Me indican que son en total 700 los ganadores de esta renombrada triatlón de ganadores.
Mientras me informaban que mi prodigiosa suerte se había revelado, me levanté de mi cama, todavía con los ojos medio pegados. Esto sonaba muy bien; simplemente me había ganado 15 millones de pesos en una tarjeta débito. Ya era un ganador. En ese momento me arrepentí de tantos agarrones con el call center, en ese momento me sentí orgulloso de pagar mi celular mes a mes, en ese momento sentí que por fin, Comcel devolvía pagos en una muestra de cariño hacia sus clientes especiales, como yo.
Y aquí empezó mi maratón.
Lamentablemente, existe la ganancia ocasional; buenas noticias para el Estado, malas para el ganador. Por ganancia ocasional y gracias a un convenio especial de Comcel, el impuesto a pagar sobre los 15 millones de pesos, corresponde a un 1%, es decir, 150.000 pesos.
A continuación recibo por parte de Comcel la siguiente instrucción: “Señor, la forma de pago de este 1% se debe hacer por medio de nuestras épicas tarjetas prepago de Comcel, para esto usted tiene 15 minutos; es decir, antes de este tiempo usted debe llegar a una tienda, comprar 150.000 pesos en tarjetas, y así será un feliz ganador, ¿qué le parece?” Mi respuesta fue obvia. Increíble, contesté mientras me ponía unos zapatos que me regaló mi abuelo, una camiseta roja feísima que me llega a las rodillas y unos jeans rotos que no me ponía desde los 13 años.
Salí de mi apartamento como un loco que acababa de tener una tragedia terrible; en el camino hacia mi carro, casi arrollo al portero. Sosteniendo el teléfono en mi hombro mientras hablaba con mi redentor de Comcel, manejé hacia una tienducha cercana. La gente de otros carros me miraba, mi estado era deplorable. Preguntaba cada minuto al centro Máster: ¿cuánto tiempo me queda? Me contestaban, 8 minutos… 6 minutos… apúrele señor. Dios mío, qué mezcla de emoción y estrés al mismo tiempo. Pero lo logré; llegué a la tienda.
El tendero pensó que era un atraco, seguramente desacostumbrado a ver entrar esperpentos a su tienda. “Déme 150.000 pesos en tarjetas prepago” le dije. Me miró muy raro, realmente muy extrañado. Sacó un 50% del inventario en tarjetas y me las entregó, mientras yo sacaba de mis bolsillos mis billetes de 50.000. En este momento me informaron de Comcel, que estaba solo a un paso de mis 15 milloncitos. Mientras todo esto ocurría, me hacían varias preguntas; como por ejemplo: “¿qué piensa hacer con los 15 millones?” Yo no podía ni contestar, pensaba en mi soñado MiniCooper que se veía más cerca que nunca.
Me pidieron entonces meterme en mi carro de nuevo, donde pudiera estar tranquilo y concentrado para el último paso antes de ganar mi fortuna.
Debía raspar las 10 tarjetas que había comprado, dictar los códigos, y de esta manera hacer el pago del impuesto. Y así, empecé a raspar.
Mi uña se puso negra, muy negra; imagínense raspar 10 códigos de estos. 1025678909, 1345278704, 456239087, 5465789098. Dicté uno por uno el código de cada tarjeta. Cada vez que dictaba uno me decían: “¡Código correcto! ¡Adelante con el siguiente!”
Finalmente acabé, me dolía el dedo, pero me alentaba el premio. El Centro Máster me informó entonces que ya había ganado la Maratón Comcel y me informaron que un representante de Bancolombia y de la Superintendencia estaban presentes y querían brindarme un caluroso aplauso por mi odisea. Oí aplausos, oí la felicidad de una empresa que se alegra por la suerte de sus clientes. Fue aquí donde me abrieron un espacio para que yo dijera unas palabras de agradecimiento. “De corazón, quiero agradecer a Comcel, Bancolombia y al superintendente, por tan maravillosa sorpresa, cosas como estas son las que hacen que los clientes se enamoren de las compañías”.
Pero aquí no terminaba esta llamada de más de 40 minutos. El Centro Máster hace un llamado a mi buen corazón, qué lindo. Me piden, claro de forma voluntaria; donar alguna parte de mis 15 millones al hospital Cardio-infantil. Pero cómo decir que no, “claro que sí” dije emocionado, pensando en estos miles de niños que necesitan mucho más que 15 millones para curar su salud. Entonces dije con tono de salvador: “Dono 500.000 pesos”; pero lamentablemente la forma de donar esta plata se debía hacer también por medio de las tarjetas Comcel. Por lo que desafortunadamente para estos niños, solo puede donar 150.000 pesos más.
De nuevo, entré a la tienda. El tendero no sabía qué hacer cuando le pedí 150.000 pesos más en tarjetas. Finalmente, sacó las últimas tarjetas que tenía y me las vendió, con una mirada que yo nunca había visto en mi vida.
A raspar de nuevo; con la misma uña; para dejarla aún más negra y desagradable. Dicté al Centro Máster 10 códigos más.
Y ahora sí había terminado, había ganado. Al otro día me visitarían en mi casa las cámaras del canal RCN, un representante de Bancolombia y la gerente del CardioInfantil, para hacerme entrega de mi tarjeta débito por 15 millones de pesos.
Me pidieron visitar la página ideascomcel.com donde podría ver mi nombre en la lista de ganadores del Máraton Comcel.
Y así, después de 40 minutos de un arduo ejercicio mental, colgué.
Inmediatamente, llamé a mi papá. “¡Me gané 15 millones!” le dije mientras me reía. Le conté esta maravillosa historia y me hizo una pregunta muy sabia, demasiado sabia: “Chino, ¿no te habrán tumbado?”. “Nooooo, esto era serio” Contesté yo. Le pedí a mi papá que entrara a la página de Internet, que ahí saldría mi nombre en contados instantes. “Busca el banner de Maratón Comcel” le pedí. Después de unos 5 minutos me dijo: “No veo ninguna Maratón”.
Por lo tanto llame al *611; mientras miraba mi camiseta roja y zapatos desgastados. Le pregunto a la operadora de Comcel sobre la Maratón, y la gran respuesta:
“Lo sentimos señor pero esa Maratón no existe, ¿usted no habrá pagado, verdad?”.
No lo soporté, colgué inmediatamentre sin ni siquiera contestarle nada. Me senté en mi cama y entendí que yo solo era el ganador de una maratón de estúpidos. Había ganado el primer puesto. Había ganado con honores.
Me miré al espejo. Qué triste escena. La camiseta, los zapatos, los jeans y 20 tarjetas prepago raspadas encima de mi cama. Había donado 300.000 pesos en minutos de celular a algún mercenario.
Pero qué imbécil, ¿cómo pude caer en esto?
Decidí averiguar entonces a profundidad sobre el tema. Resulta que estas llamadas las hacen desde la cárcel; el centro de operaciones de los ladrones, sicarios y violadores de nuestro país. Lo reconfortante es que en este tipo de robos, solo cae el 0.1% de la población, siendo parte de este porcentaje el autor de este artículo. En la cárcel, recargan celulares con estos minutos de la Maratón, y los venden como arroz.
Quiero pedirles disculpas por hacer pública esta estupidez, esta ignorancia, esta falta de criterio. Deben estar pensando, “¿Quién será este idiota?”. Eso mismo me pregunto yo; ¿quién fui ese sábado?
Definitivamente creatividad en Colombia hay por todos lados; ideas buenas o en este caso ideas malas para estúpidos como yo.
Quisiera cerrar pidiéndoles que el día que reciban este mensaje de texto, piensen en mí. Solo si quieren ser parte del 0.1% de la población, arranquen a raspar.
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