A los 22 años tuve el privilegio de cruzarme con un apellido muy particular, un apellido que funciona como ninguno otro.
Si lo pronuncian con fuerza, suena como un gargajo atorado en la garganta, si lo dicen rápido, les sonará como el comúnmente mal pronunciado examen del IFES, si lo dicen con rabia, sonará como el susurro de los lobos al ver pasar un par de piernas por sus ojos, si lo dicen varias veces seguidas producirán un silbido aniquilador del preciado silencio.
Durante seis desperdiciados meses de mi vida; éste apellido se convirtió en mi pan de todos los días. Cada día que pasaba sonaba peor, cada día que pasaba parecía que ese gran gargajo agarrado a mi cuerpo se acercaba aún más al puerto de salida.
Treinta minutos antes de dar a luz a este monstruo, me acercaba en un taxi a las instalaciones del Canal RCN, dueño y señor de las conversaciones de los colombianos, maestro por naturaleza de las novelas que se alargan hasta transformarse en una mamadera de gallo sin fin, experto sin competencia en el cubrimiento de los reinados no solo de reinas, sino también de corruptos e inútiles, un canal que a hecho crecer a grandes estrellas que brillan para que nadie las mire, ni las admire;el canal de Betty la fea, famosa en Colombia seguramente por la gran masa de mujeres que se sintieron identificadas, el canal de El Capo, una serie que aporta una gran ayuda a nuestro posicionamiento como narcotraficantes y mulas indeseadas en cualquier aeropuerto, el canal de Jota Mario, el calvo mas desagradable de cada día, el canal que al fin y al cabo nos hace cada día mas colombianos.
Pues a éste canal llegué apresurado ansioso por hacer la primera entrevista de trabajo de mi vida. Me acompañaba a la entrevista una palanca, que habría hecho que a cualquier inadaptado le hubieran dado la oportunidad.
Me recibió un bigotudo muy particular, su bigote se escurría como un tinto derramado, su bigote se movía cuando tenia la boca cerrada, “Solo es un bigote” repetía en mi cabeza para evitar mirarlo. Este bigote móvil, era el jefe de personal, era el encargado de exigir cumplimiento y honestidad a los ídolos de todo un país, que de lo que más parece carecer es precisamente de ellos, los ídolos.
La señora que me entrevistó, peso pesado no precisamente por su peso, sino por su influencia en los medios, decidió contratarme como practicante por un periodo de seis meses. Mi cargo, Asistente de Mercadeo, así sonaba oficialmente; pero realmente era Asistente de lo que nadie quiere hacer.
Lastimosamente no pude hacer ningún amigo dentro del canal, a esto me ayudó mucho nunca haber recibido el carnet para poder abrir las puertas y avanzar por las instalaciones. Trabajaba en un cubículo abandonado, sin extensión, sin calculadora; útil para disimular cuando uno no sabe que hacer, sin vecinos y sin una libreta para anotar.
Mi mama me envolvía día a día un sanduche de jamón y queso del estilo de escuela apunto de cerrar. A la hora del almuerzo, debido a mi poca popularidad dentro del canal, me encerraba en mi Mazda 323 a devorar esta masa húmeda por la mayonesa cansada de esperar. En mi celular, cuadraba el despertador, que me servía de aviso para volver a mis labores indefinidas.
Después de unos 3 días en lo que podría comparar con un desierto inexplorado, recibí mi primera instrucción; “Su jefa lo necesita en Presidencia” me dijo la secretaria de esta estrella de rock. “Presidencia?” me pregunté asombrado. Inmediatamente busqué una hoja para anotar lo que me fueran a decir, si era de presidencia seguramente me esperaba un primer proyecto donde podría hacer brillar mi talento como Asistente. “Ese flaco es el Asistente, dicen que es bueno”, ese tipo de frases ahora aparecían en mi panorama dentro del gremio de las comunicaciones.
La puerta Presidencial, si se puede llamar así, estaba cerrada. Lo pensé bastante antes de lanzar mi mano hacia la puerta. Tome aire profundo y golpeé suavemente. “Pase!” me gritó algún animal desde adentro. Estaba nervioso, las manos mojadas, la frente abajo y las piernas temblorosas.
Cuando asomé mi cabeza a la sala, nadie me miraba; parecía misteriosamente que mi presencia no cobraba ningún tipo de protagonismo. “Me llamaron” dije con voz de anciano apunto de quedar mudo. “Entre por favor”, me dijo la Señora de apellido liquido y nasal.
“Aquí queremos fumar”, me dijo. Quede atónito “Que putas pasa?” pensé. A mí que me importa si quieren fumar, tomar, o bailar encima de la mesa de juntas. “Aja..” dije pasmado. “Usted tiene cigarrillos, nos podría repartir?” me dijo con una mirada fija. En ese momento se voltearon hacia mí las 20 cabezas que discutían el futuro de la televisión tercermundista. Inmediatamente mi mano, que estaba más indignada que yo, se dirigió hacia mi bolsillo. El silencio alimentaba la sala, todos estaban esperando que este proveedor de nicotina, repartiera en sus pulmones su medio paquete de Marlboro venezolano. Repartí un total de ocho cigarrillos, lastimosamente para ellos, los otros dos ya habitaban en mí, habían sido el cierre perfecto al sanduche de mi mama.
Con los ojos, mi jefa me indicó que mi rol en esa reunión ya había terminado, traté de seguir su mirada que por supuesto, me llevo a la puerta de salida.
Este primer golpe, marcó mi futuro en la compañía, claramente un futuro negro y preocupante. Pero decidí, coger fuerza, ponerme la camiseta y pedalear hacia delante.
Desafortunadamente, la pedaleada me duró poco. Una semana mas tarde, aun no tenia nada que hacer, aun no tenia ningún amigo, aun comía el sanduche entre el carro, aun repartía cigarrillos en los llamados de mi jefa, que día a día parecía sentir mas repulsión hacia este inocente y simple asistente.
Sentado en mi silla, recibí una gran sorpresa. Sobre mi escritorio cayeron desde lo alto unas llaves. Salté, me asusté; había oído un ruido y eso no era nada común. “Lléveme la camioneta a mi casa”, me dijo mi jefa con un tono que los nazis usaban en el holocausto judío. Segundos más tarde, desapareció. Eran las 5pm y esta señora me había tirado las llaves para llevar a su casa la Ford Explorer.
No tuve otra opción, me monté en la camioneta y empecé una expedición por la Avenida de las Américas. Al reconocer los indicadores de la camioneta, me di cuenta que el mas popular de todos alumbraba sin parar. La camioneta no tenía gasolina.
40.000 pesos de mi sueldo, que debo aclarar eran 23.000 pesos al mes, fueron los destinados a la comida de esta Ford.
Hacia las 6:30 de la tarde, coroné mi destino. Aquí recibí una llamada de mi jefa, la cual supuse que era para agradecer mis andanzas. “Lo necesito en el canal Andrés” me dijo. Para empezar, ni siquiera me preguntó si estaba varado en la mitad de las Américas y para terminar me ordenó devolverme al canal. Era tal vez lo mas despiadado que me habían pedido en mi corta vida. Así que dejé el carro en su casa, y levanté la mano a un taxi desolado que pasaba por la carrera séptima. Después de otra hora y media de trayecto volví al paraíso de los famosos.
Oí a lo lejos la risa de mi jefa, que hablaba de estupideces varias con su amiguita de oficina. “Hola, aquí estoy” dije tratando de disimular el veneno que corría por mis venas. “Ya lo solucioné. Tranquilo. Mucho trafico?” respondió sin ni siquiera enfrentar sus ojos a esta fiera en la que yo me había convertido.
Si he logrado ilustrar a ustedes el calibre de jefa que me labró el destino, me sentiría tranquilo.
3 meses mas pase soportando día a día los insultos que seguramente me merezco, 3 meses mas me sirvieron para darme cuenta que las cicatrices aparecen con los golpes, 3 meses mas que me ayudaron a entender que siempre hay que cargar con cigarrillos en el bolsillo y definitivamente 3 meses que fue bueno vivirlos pero no recordarlos.
Gracias a esto, ahora entiendo por que algunos escupen la farándula y otros como yo, escupimos apellidos.
Ya se de quien esta hablando!, muy buen artículo, felicitaciones Carvajal.
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