lunes, 15 de febrero de 2010

Memorias de un Principiante

“Mañana debe estar muy concentrado”. Fueron las palabras que oí en mi tercer día de mi primer trabajo. Por fin, había logrado empezar mi infierno en el mundo de la publicidad, que a tantos los hace sentir orgullosos, y a otros tantos simplemente los hace sentir como uno más.

Me asignaron una cuenta, que al parecer a nadie le importaba. Un médico que se las tiraba de blof, pero en el fondo no era mas que una bata blanca con 3 o 4 aparatos colgados. Este personaje, se dedicaba a esconder y maquillar los variados defectos de nuestra mal llamada farándula. Tetas, culos, piernas y más, eran las áreas en las que este mercenario decía ser experto.

Pero bueno, dejemos en paz al médico, que al fin y al cabo todos queremos ser expertos en lo mismo que el; tetas culos, piernas y mas.

“Mañana conocerá a su cliente, y le pedimos estar muy concentrado, ya que usted debe tomar nota de todo lo que diga el doctor” Me decía mi jefe, con cierto tono amenazador. Al principio no entendí la importancia del tema, pero unos segundos mas tarde, me recalcaron: “Acuérdese Andrés, debe anotar todo”. Al parecer este medico sufría de una especie de enfermedad muy conocida en el mundo de la publicidad; Alzheimer crónico, pues decía cosas que después desaparecían en el olvido.

Así que, esa noche me acosté temprano, quería estar verdaderamente preparado para conocer a mi cliente.

A las 8 de la mañana de un día gris, igual de gris a lo que se venia, estaba yo parado en la fría entrada del consultorio del médico, donde haríamos la reunión. En mi mano reposaba una ridícula libreta que me aconsejo mi mama llevar. Era una libreta muy pequeña y totalmente ridícula, era una libreta corporativa de Davivienda, era una libreta que a nadie mas se hubiera ocurrido llevar a una reunión.

En mi cabeza solo retumbaba las amenazas de mi jefe “Debe Anotar todo” “Debe Anotar todo” Debe Anotar todo”, esto se me había convertido en una obsesión.

Mientras esta frase se paseaba por mi cabeza de principiante, vi llegar a mi jefe, que como buen jefe, había llegado 20 minutos tarde. Me saludó, como quien saluda a un portero, y procedimos a entrar.

Amablemente se saludaron, como dos lagartos que se alimentan el uno del otro. “Buenos Días Doctor” dijo mi jefe emocionado, “Buenos días Juan Pablo”, contestó el Doctor.

Pero tal vez el más estúpido aquí fui yo.

Aquí abrí la puta libreta.

Decidí, sabiamente anotar el saludo, pensando “Debo anotar todo”.

Y así, arranqué como una maquina nunca antes vista a transcribir una a una las palabras que se cruzaban el Doctor y mi jefe. El músculo de mi brazo, que debo aclarar es bastante insignificante, se convirtió en un monstruo caluroso, ansioso por devorar las páginas de la afortunada y triste libreta. JP fueron las siglas que le adjudique a mi jefe y por supuesto DR al doctor. Esto me aceleraba el proceso.

Desde el ofrecimiento de un café tibio, hasta las más mínimas expresiones; quedaron consumadas en mi instrumento de trabajo.

El médico de la felicidad femenina, me miraba asombrado. Mi velocidad para escribir era tan reveladora como un bebé que mira el deprimente mundo por primera vez.

La reunión fue extensa, fue como una de esas pesadillas que despiertan en otra pesadilla peor.

Unas 25 hojas fueron el resultado de esta envidiable labor. 25 hojas que me hicieron derramar el sudor de mi frente, 25 hojas, que me condenarían para siempre dentro del gremio publicitario.

La verdad, cuando terminó la reunión, me sentí conforme con mi trabajo; realmente había anotado absolutamente todo.

Y aquí cerré la puta libreta.

Ese mismo día, que parecía no acabar, me senté en un computador prestado que normalmente dan a los recién contratados. Debía pasar al computador la totalidad de mis apuntes para pasar el informe a mis jefes.

Suavemente puse la libretita sobre mi escritorio.

Mientras tecleaba esta amarga experiencia, alguien muy rápido, más rápido que mi mano anotadora; me robó mi libreta.

La risa se empezó a tomar las instalaciones, oí a lo lejos: “Quien es este estúpido?!!! Claro, el estúpido era yo.

Inmediatamente se viralizó mi estupidez. Cuando mis ojos enfrentaron lo que estaba ocurriendo; ya habitaban alrededor de mi puta libreta unas 15 personas. Todas me miraban, todas se reían, nadie podía creer que hubiera alguien tan vergonzosamente primíparo para hacer algo de este calibre.

“Buenos días Doctor!” decía uno de los desalmados, mientras leía mis apuntes. “Buenos Días Juan Pablo”, le contestaba el otro. Una obra de teatro que se habría podido titular “Memorias de un principiante”, empezó a interpretarse justo al frente mío. Todos se peleaban por ser el doctor, otros pocos se aventuraban por leer el guión de mi jefe.

Lloraban de la risa, se burlaron como nadie se había burlado de mi ignorancia.

Esa noche, llame a mi mamá. Claro esta, lleve toda mi ira contra ella, la culpé por haberme mandado a la reunión con esa libreta del demonio. “Eso es normal, eres nuevo” me dijo con un tono sarcástico.

Este triste episodio marcó mi paso por esta agencia de publicidad; fui y seré recordado como el gran transcriptor.

1 mes después, renuncie a mi trabajo. Decidí irme al palacio de las manzanas, Leo Burnett.

“No es usted el del cuento de la libreta?” fue la primera frase que oí en el ascensor de mi segundo trabajo.

En fin, a los primíparos, les quiero advertir que tengan cuidado, un pequeño error, puede casar un efecto viral irreparable.


A mi siempre me recordarán como “El huevón de la libreta”.

1 comentario:

  1. AH pero como asi? y porque en Leo ya si no anotaba ni culo!!! tenia que escribirle correos recordandole todo!!!

    ResponderEliminar